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2. Libros y más

3. Biblias y directorios

4. A pág. con buscador

5. Mark A. Copeland

6. Enlaces (links)

Olga Portillo:
Dios le bendiga mi
hermano, me deleito
grandemente con todos
los temas expuestos.
Gracias por enriquecer
nuestra vida espiritual.

Valente Rodríguez:
Muchas gracias por sus
amables palabras,
mi hermana.


Un deseo:

Me gustaría que le
fuera agradable visitar

este sitio Web.

 

Con gusto le sugiero

el comentario de Mateo por Copeland:
Evangelio de Mateo

 

Sermón audible sobre El apóstol Mateo
por Valente Rodríguez

valen4e@aol.com

 

 

 

Por qué dejé la Iglesia Bautista

 

 

por Tim Junkin, de Cullman, Alabama

 

       “y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón" (Jer. 29:13).

 

Crecí en los alrededores de Birmingham, Alabama. Mis abuelos a menudo necesitaron ayuda en la granja, en el condado de Pickens. La vida en este lugar, dio como resultado mi primera exposición a las diferencias religiosas.

 
    Cuando estábamos en casa en Birmingham, asistíamos a una Iglesia Bautista grande y progresista del Sur, con programas infantiles y un programa de actividades para cada día de la semana. Mis padres no estaban tan involucrados en todo esto debido a las muchas exigencias de una familia en crecimiento, pero se encargaron de que mis hermanas y yo sí lo estuviésemos.

     Cuando nos quedamos con mis abuelos en la granja, asistimos con mis tías y tíos a una organización independiente, una Iglesia Bautista Misionera. El “pastor” había pertenecido a la Iglesia Bautista del Sur, pero la había dejado debido a sus radicales enseñanzas calvinistas acerca de la predestinación y la gracia salvadora. Cuando llegué a ser un adulto, pronto supe de las creencias de los seguidores del teólogo Jacobo Arminio y las divisiones posteriores.

     A los ocho años, durante un “avivamiento” en mi Iglesia, comprendí que yo era un pecador, que sin Jesús estaba condenado a un infierno eterno, y que debía confesar mis pecados públicamente para el perdón y para heredar la vida eterna. Ni siquiera recuerdo como llegué tan rápidamente al frente, sólo recuerdo que le comuniqué al predicador mi decision de seguir a Cristo. Una semana más tarde, junto a otros que habían tomado decisiones similares, fui bautizado en la Iglesia Bautista.


                        Continúa más abajo: 
   
   
 

Contenido del sitio

BallSermones audibles casi no editados
         7, Herencia de la vida eterna,  (predicado Julio 13, 2014)
         6. La iglesia del Señor,
             El sermón La iglesia en Power Point
        5. La gratitud, bella virtud (Predicado Nov. 24, 2013)
             El sermón también en Power Point
        4. Acudir a las reuniones de la iglesia
        3. ¿Existen hoy endemoniados?
        2. Juicio sin misericordia
        1. Presos en lo espiritual

 

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Ball2 Pedro, por Bill H. Reeves
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BallObras de Copeland-Hernández
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BallObras de Jaime Restrepo
BallLibro sobre Mateo 24, por Jaime Restrepo

 

Obras de Armando Ramírez
BallRevista El Expositor
BallContestación a un ateo

BallSi te casas con no cristiano

BallVestuario indecente
BallOye la instrucción de tu padre

BallEligiendo sabiamente a los amigos,

BallEl papel del predicador

BallEl sentido histórico de Lucas
BallMatrimonios Prematuros
BallPadres con un propósito

BallEvidencias Históricas y Arqueológicas de la Biblia

BallEternidad del Infierno

BallViajando en Israel

BallLos predicadores y la predicación

BallObras de Valente Rodríguez
BallBosquejos para hacer sermones
Ball¿Son para hoy las Lenguas?
BallRiesgos del matrimonio mixto
BallObras de Jesús en el Cielo

Ball Sermones audibles,  predicados por Valente Rodríguez
     BallEl cristiano y Su Señor

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porque algunas veces  me tardo
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El hermano Lorenzo Luévano Salas
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                    Por qué dejé la Iglesia Bautista

Sigue de más arriba:


     Durante los próximos años, continué participando en la Iglesia. Jugué atletismo en Liga de la Iglesia para escapar de las tensiones raciales de la zona de Birmingham, también fui a la escuela e incluso tomé desde segundo a cuarto grado varios estudios bíblicos. Nunca tuve dudas en cuanto a mi salvación.

     Como estudiante de secundaria, debido a la influencia de una amiga de mi juventud, asistí a una Iglesia Presbiteriana por un año. Me sorprendió ver cómo el predicador bebía alcohol con los padres y amigos de ella, junto con el descubrimiento de la visión liberal que tenían de las sagradas Escrituras. Mi amiga incluso era una “diáconisa” y su madre una “anciana”. Traté de conciliar estas cosas con la Biblia, pero simplemente no encajaban ni con la Biblia, ni con mis convicciones.


     Cuando crecí, y me casé, mi esposa y yo nos alejamos de la Iglesia. Lejos de casa y en la Universidad, nos permitimos preocupaciones mundanales y me dejé arrastrar. Mi esposa se había criado en un hogar de alcohólicos y había asistido a una Iglesia Bautista con sus amigos, pero no tuvo un apoyo familiar firme para su asistencia regular. Sin embargo, después del matrimonio, tuvimos la libertad de hacer lo que quisiéramos, y nos salimos de la Iglesia.

     Dios nos bendijo con cuatro hijos. Después del nacimiento de nuestro segundo hijo, comenzamos a asistir a una Iglesia Bautista con alguna regularidad, pero no estabamos muy involucrados.

     Sólo después de un traslado al área de Cullman, Alabama, nos convertimos en miembros activos de la Iglesia Bautista.


Se despertó mi interés en lo espiritual:

     A través de este aumento de participación, y la guía de un “pastor”, fui madurando en diversas áreas, y llegué a sentir una gran necesidad de hablar públicamente la palabra de Dios. Fui ordenado diácono. Entonces, contesté positivamente “el llamado al ministerio” y llegué a licenciarme y también a ser ordenado como “ministro” de la denominación Bautista. Pasé tres años como ministro de jóvenes, y catorce años como “pastor” Bautista, trabajando en dos congregaciones. Bauticé a 54 personas durante este tiempo, y estudié y preparé tres lecciones semanales.

     En mi servicio de ordenación, otros hombres ya ordenados me interrogaron, y uno de ellos me preguntó, “¿Hay alguna circunstancia bajo la cual usted se retiraría de la Convención Bautista del Sur?”. Esta fue una pregunta difícil para mí, porque mi ordenación y la posterior capacidad de predicar en la denominación Bautista dependían de que estos hombres aceptaran mi llamado evidenciado por mis respuestas. Después de cierta consideración, les contesté, “Si la Convención Bautista del Sur se saliera de la Biblia, entonces sí, me apartaría y daría lugar a todos los que quisieran acompañarme en la búsqueda de la verdad”. Aceptaron mi respuesta, y llegué a ser “ordenado”.

 
Desafiaron mis creencias:

     Durante este tiempo, nuestros dos hijos mayores crecieron y se casaron, y solo los menores se esforzaron por ser bautistas. Sin embargo, a través del estudio de solamente la Biblia, mis hijos mayores pronto entendieron la verdad del evangelio puro de Cristo llegando a ser bautizados “para perdón de los pecados” (Hech. 2:38), para pertenecer al cuerpo Cristo (1 Cor. 12:13). Esto causó mucha consternación de mi parte. Si mis hijos no seguían mi enseñanza, ¿cómo podría esperar que los demás lo hicieran?

     Fue también en esta época cuando empecé a ser muy consciente de la mucha mundanalidad en la iglesia Bautista. Las cifras de asistencia eran más importantes que la vida renovada (una contradicción de Mateo 7:13-24). Se enfatizaba el entretenimiento y diversión en lugar de la autoridad bíblica para todo lo que se crea o se haga (una contradicción de Hebreos 5:11-14 y 2 Tim. 4:1-4). La Iglesia Bautista se había convertido para mí en un Club Religioso. Pero, eso no era fácil de admitir.

     Como predicador bautista, tuve que soportar y apoyar a la Iglesia Bautista. Sin embargo, esto se hacía más difícil cada año. Mis hijos trataron de convencerme de ver la verdad en las “sendas antiguas” (Jer 6:16), ya que consideraban que yo estaba equivocado. No obstante, obstinadamente yo no admitía estar en el error. Después de todo, si me equivoque tanto, ¿a cuántos tenía engañados como pastor? Discutía con ellos de las Escrituras en lugar de estudiarlas, pues me sentía seguro de mi correcta interpretación.

     Sin embargo, mi esposa y yo asistimos a un servicio de una iglesia de Cristo cercana, y vimos algo que nos faltaba. Mi esposa ya estaba más cerca de una verdadera comprensión que yo, pero al ser sumisa a mí, continuaba apoyándome en mi “ministerio”, mientras oraba pidiendo que yo pudiera encontrar la verdad que estábamos buscando (Mat. 7:7,8).

     La pregunta formulada en mi ordenación resultó casi profética. Después de asistir a una serie de predicaciones en una iglesia local de Cristo, estuve expuesto a la idea de restaurar mi fe, de servir al Señor como los cristianos del primer siglo (cf. Hech. 2:42-47). Entonces, comencé a enseñar sobre la necesidad de ser una sencilla iglesia de Cristo, como las del Nuevo Testamento (cf. 1 Ped. 4:11; 1 Tim. 3:15; 2 Tim. 1:13). “Restauración” no era una idea completamente extraña, pero era totalmente diferente a nuestra dirección anterior.

     Durante casi tres años traté, dentro de la denominación Bautista, de dirigir a una congregación Bautista a sujetarse solamente a la doctrina de Cristo (2 Juan 10). Esto fue imposible, resultando en una gran angustia y agitación. Muchos estaban dispuestos a renunciar a su posición Bautista, pues ya era obvio que esto lo demandaban las Escrituras. Otros se aferraron a las tradiciones por sobre la verdad de la Palabra de Dios (2 Juan 9).


Aprendí la Verdad:

     Me desanimé luchando por seguir el modelo del Nuevo Testamento. Sin embargo, me animaban las series bíblicas a las cuales mis hijos nos invitaban, donde podíamos oír el evangelio puro de Cristo, simple, no denominacional. Por fin nos fuimos dando cuenta de que podíamos confiar en los caminos de Dios, llegando a ser cristianos sin pertenecer a ninguna denominación.

     Finalmente, llegué a un punto muerto. Después de diecisiete años como “ministro bautista”, me di cuenta de que seguir en mi camino errado me obligaría a aceptar responsabilidades por acciones incorrectas y doctrinas erróneas enseñadas y practicadas. Entonces, renuncié a mi posición como pastor, con todas las intenciones de servir al Señor en alguna “otra iglesia”.

     Mi esposa me indicó que visitáramos una iglesia de Cristo cercana. Entonces fuimos, y disfrutamos el servicio de reunion. Todos nos dieron una cálida bienvenida, y nos invitaron a volver. Uno de los ancianos era un antiguo amigo del trabajo, y él tomó un interés especial en darnos la bienvenida. Sin embargo, yo todavía era un “predicador bautista”, en busca de un lugar acogedor de servicio, alguna “otra iglesia”.


El punto determinante:

     Una noche, durante una serie de predicaciones en una iglesia de Cristo, mi hija aceptó la verdad y obedeció el evangelio del Señor (1 Ped. 1:22-25; 3:21). Yo estaba feliz por ella, pero preocupado en mi corazón. Decidí hablar con el predicador de la congregación, y me reuní con él y los ancianos.

     Estaba seguro que ellos podrían ser más objetivos como observadores externos. Quería comentarles las razones por las cuales había renunciado como ministro. Pero, yo solo quería que me dijeran que estaba bien, y que podia servir al Señor en la iglesia de Cristo como un Bautista. Yo no creía que necesitara ser salvo. Mientras hablábamos, les expliqué mi experiencia y mi comprensión de las Escrituras, y mi seguridad de ser un salvo.

     Ellos nunca me dijeron de una vez que yo estaba tan equivocado. Sino que simplemente me hicieron algunas preguntas para tener mayor claridad de mi comprensión. Luego, el predicador hizo algo que nadie había hecho antes conmigo, citó el pasaje de la conversion del eunuco etíope (Hechos 8:26-39). El etíope religioso estaba perdido, había ido a Jerusalén para adorar, estaba leyendo las Escrituras, pero no podia entender a menos que alguno le enseñara. Así, Felipe comenzó desde el punto de conocimiento del etíope y le enseñó el evangelio de Jesús. Y esto fue lo mismo que el predicador hizo por mi. Comenzó desde donde yo estaba, y me enseñó la plena verdad de Jesús. Él me mostró que yo había aprendido de las Escrituras varias cosas correctas, pero nunca había obedecido plenamente la verdad para alcanzar la salvación en Cristo.


Se debe obedecer la Verdad:

     No me avergüenzo de decir que lloré cuando entendí la necesidad de mi alma y mi falta de obediencia al Señor. En aquella misma hora (Hech. 16:33) fui bautizado en Cristo (Gál. 3:27; Rom. 6:3-5). El próximo domingo, tuve la bendición de bautizar para salvación a mi esposa (Mar. 16:16). Dentro del mes, mi hijo menor también fue bautizado. Mi hogar llegó a creer a través del poder de Dios (Rom. 1:16; 6:17). Todo esto sucedió gracias a la providencia de Dios en mis hijos, y aquel predicador del evangelio que en lugar de condenarme me enseñó la verdad desde el punto de conocimiento donde yo me encontraba.

     En Hechos 18:24-28, leemos acerca de Apolos, un orador elocuente, instruido en el camino del Señor, y de espíritu fervoroso, que enseñaba diligentemente las cosas del Señor. Pero, él sólo conocía en parte la verdad, pues solamente conocía el bautismo de Juan. Entonces, Aquila y Priscila cuando le oyeron, le instruyeron más exactamente en el camino de Dios, lo cual le permitió convertirse en un verdadero siervo de Cristo. Sinceramente, me identifico con él, Aquila tenía un fuerte deseo de hablar la Palabra de Dios con precisión y ser usado antes de la plena comprensión de la verdad.

     El arrepentimiento no es el lamento mundanal, como el de Judas. Él estaba tan molesto por sus malas acciones, que en lugar de enfrentarlas eligió el suicidio. Aquellos que viven lamentándose por lo que han hecho, un día se enfrentarán a una muerte mucho más grave que la física.

     En 2 Corintios 7:10, leemos que la tristeza que es según Dios obra arrepentimiento para vida. Este es el verdadero arrepentimiento que ocasiona un cambio en la vida y que agrada a Dios. La palabra griega para este arrepentimiento es metanoeo, de la cual por transliteración tenemos “metamorpho-sis”, un cambio completo. La Escritura nos dice que aquellos que experimentan esto son los obedientes al evangelio, yendo en sumisión completa a las aguas del bautismo para participar en la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo, y recibir así el perdón que él ha hecho posible (Mat. 11:28-30; Rom. 6:3-5). A través de la fe y la obediencia penitente, se concede éste perdón para ser una nueva criatura en Cristo (2 Cor. 5:17). A través de esta obediencia de corazón, podemos ser edificados sobre el fundamento verdadero que es Jesús (1 Cor. 3:11).

     Me tomó años encontrar la verdad, cuarenta en total. Tuve que admitir humildemente mis insuficiencias, mis defectos, y el límite de mi comprensión. Requirió aceptar plenamente a Jesús como Señor (Hech. 2:36), y estar totalmente dispuesto a obedecerlo a él para ser salvo (Heb. 5:9; Hech. 2:38, 41, 47).

     Mi oración es que, a través de mi experiencia, alguien que está engañado religiosamente pueda ver honestamente la verdad antes de desperdiciar su tiempo en el error. Dios es misericordioso y permite oportunidades para que seamos perdonados. Pero no se nos promete el mañana (Prov. 27:1). Hoy es el día de salvación (2 Cor. 6:2). Debemos prepararnos para el tribunal de Cristo (2 Cor. 5:10). La única manera de hacer esto es a través de la obediencia completa y amorosa al Señor Jesús (Juan 14:15).

     “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31,32)

                                    
          Publicado por Josué Hernández,
                                                          de Chile, Sudamérica
                                                            Ligeramente editado
                                                         por Valente Rodríguez