INTRODUCCIÓN:
A todos nos cuesta perdonar. Tenemos dificultades para
perdonar a alguien, rechazamos la idea de pedir perdón, nos incomodamos
cuando nos lo ofrecen y somos duros para perdonarnos a nosotros mismos.
Para el cristiano el perdón no es algo sentimental ni condicional. El
perdón es una decisión de Dios la cual nosotros debemos de adoptar; como
mandato de Dios. No hay opción de escoger entre el seguir resentidos o
perdonar, entre odiar o amar, o entre la aceptación o la indiferencia. Estamos obligados a adoptar el perdón como nuestra manera de vivir.
Perdonar es convivir con los demás y aceptarlos tal como son,
con sus defectos y virtudes; (sin tolerar el pecado) al esposo(a) que
gruñe todo el día, al hijo por ser poco activo, al amigo por fallarnos, al
hermano por ofendernos, al trabajador por engañar-nos, al jefe por
maltratarnos. Etc.
1.- ¿Dónde está la raíz del perdón?
En Dios, nuestro Padre que nos ama y que por su
amor nos concede el perdón, cuando arrepentidos clamamos a él, aparte de
nuestra obediencia, el no espera nada a cambio; aunque el hombre le haya
traicionado, olvidado, y renegado de Él, o haber cometido el peor pecado;
(como en la parábola del hijo pródigo Lucas 15: 18-24); sin embargo, Él
siempre está dispuesto a concedernos su perdón, y a nosotros nos manda a
que perdonemos, no solo una vez, sino setenta veces siete, Mateo 18:21-22,
es decir infinitamente. Así debemos perdonar todos. Perdonar es un modo de
vivir. Es estar listo para olvidar. Es practicar pequeños o grandes actos
de sacrificio para poder enfrentar mayores ofensas más adelante, la
práctica del perdón nos capacita para el futuro. Es una resolución de ser
misericordioso a pesar de que la ofensa haya sido enorme, grave y
deliberada. Aquí es cuando más valor tiene el perdón. Aceptar una disculpa
o una solicitud de perdón sincera es también perdonar y respetar al
ofensor, sin importar la profundidad de la herida. Pero, sobre todo,
perdonar es escoger amar, derribando cualquier barrera, cerrando heridas,
abriendo las prisiones del alma, olvidándonos de nosotros mismos y
llenándonos de tremenda paz. Amor y perdón van juntos, no puede existir
uno sin el otro. Hay unos pensamientos de I. Larrañaga con referencia al
perdón: “¿Quién sufre más, el que odia o el que es odiado? Muchas veces,
el que es odiado vive feliz, en su propio mundo, pero el que cultiva el
rencor se parece a aquel que toma es sus manos una brasa ardiente o al que
aviva una llama. Pareciera que la llama va a quemar al enemigo; pero no es
verdad, el que se quema es el que tiene la llama en su mano. El
resentimiento solo destruye al resentido, porque el tal, no perdona”. Mat.
6:14, 15
2.-¿Cómo podemos perdonar cuando a veces estamos tan heridos?
¿Qué fórmulas o reglas humanas hay para poder conseguir esta
curación? En realidad no las hay, sólo el amor que viene de Dios. Efesios.
5: 1, 2. Cuando nos encontramos en una situación penosa, cuando alguien no
se habla con algún hermano, amigo, o familiar, porque está dolido y se
queja resentido y cuestiona ¿Cómo puedo confiar en ti ahora? ¿Cómo puedo
perdonarte otra vez si siempre vuelves a hacer lo mismo? Otros dicen ¿Cómo
y cuándo puedo empezar a perdonar si no me siento listo?, y otros no se
atreven a pedir perdón porque consideran que las heridas hechas a otros
son muy grandes y creen que es muy difícil decir lo siento, o porque
consideran no merecer el perdón. Y si alguien no quiere recibir el perdón
o no quiere perdonar? En cualquier circunstancia debemos hacer algo
aprobado por Dios: Si no puedes encontrar al ofensor, entonces, un perdón
silencioso en tu corazón te vendrá bien, y oraciones sinceras para recibir
la fuerza del perdón.
El perdón es total , y no se da porque alguien lo merezca, es más bien, el precio del amor. Déle a ese alguien el regalo de su perdón,
no sólo una vez, sino setenta veces siete.
3.- Beneficios del perdón:
¿A qué nos conduce el perdón? ¿Por qué debemos perdonar?
Cuando perdonamos de verdad, suceden cosas maravillosas tanto al que
perdona como al perdonado. Es como abrir una llave con gran caudal de agua
y dejarla correr. Los resentimientos, culpas y enfermedades del alma se
lavan, se limpian, se liberan. La alegría y la paz nos inundan, nos
sentimos felices, humildes, íntegros, livianos y libres para amar, casi
perfectos. Se abre una fuente de amor que estaba cerrada. Colosenses 3:
12-14. Vale la pena perdonar, porque
no hay terapia más liberadora que el perdón. Efesios 4: 31-32.
Conclusión:
Hagamos de nuestra vida cristiana una vida de
perdón.
(Editado ligeramente)
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