NOTAS SOBRE 2 CORINTIOS

Por Bill H. Reeves

(Derechos reservados, copyright, 1997)

 
 


CAPITULO 3

 

      3:1 -- Las palabras de 2:14 al 17 no habían de ser tomadas por los corintios como palabras de auto recomendación.  Evidentemente los falsos hermanos en Corinto acusaban a Pablo de recomendarse a sí mismo, y que eso evidenciaba que no era apóstol genuino.  Pablo supo de tales acusaciones falsas, tal vez por Tito, y por eso repetidas veces hace referencia a ello en esta carta (5:12; 10:12,18; 12:11).  Estuvo consciente de la arrogancia de algunos en Corinto (1 Cor. 4:18; 2 Cor. 10:10), quienes eran capaces de representar mal al apóstol Pablo.

      --"¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos"?  La pregunta implica un "no" como respuesta.  La forma gramatical griega de la frase demanda que la respuesta sea "no".  Sería falsedad acusar a Pablo de recomendarse a sí mismo.

      --"¿O tenemos necesidad ... vosotros?"  Las recomendaciones por carta eran comunes en ese tiempo, como lo son hoy en día (Hech. 15:25; 18:27; Rom. 16:1; Col. 4:10; 2 Tim. 4:11; Tito 3:13).  Pero tales recomendaciones pueden ser falibles y se puede abusar de ellas (Gál. 1:7; 2:12).  Los enemigos de Pablo tal vez habían traído de Judea, o de ciertas iglesias, cartas de recomendación.  Ellos las necesitaban, pero Pablo, ¡no!  Sin esas cartas, ellos no eran nadie; de ellas Pablo no tenía ninguna necesidad.  ¡Qué fuerte es la ironía, o el sarcasmo, de Pablo aquí!

      Pablo era el padre de los corintios en el evangelio (1 Cor. 4:15; 3:10).  ¿Necesita el padre una recomendación para llegar a sus hijos?  Todo lo que tenían los corintios (la conversión a Cristo, los dones milagrosos, etc.), de lo cual hubieran podido hacer una carta de recomendación para otro, lo habían recibido de Pablo.  Ahora, podían ellos facilitarle a Pablo alguna carta de recomenda­ción? ¿Necesita el padre una carta de recomendación de sus hijos?  Cuando menos para los corintios Pablo ciertamente era apóstol, ¡pues ellos eran el mismo sello de su apostolado! (1 Cor. 9:2).

 

      3:2 -- "Nuestras cartas sois vosotros".  (Otras versiones bien dicen: "nuestra carta"--singular).  En la iglesia de Dios en Corinto, con sus dones milagrosos recibidos por la imposición de las manos de Pablo, él tenía su carta de recomendación de Dios.  Seguramente no necesitaría una carta de recomendación para Corinto mientras existiera dicha iglesia.

      --"escritas en nuestros corazones".  Esta "carta", o iglesia, fue escrita por medio de las labores de Pablo, labores de corazón.  El llevaba en su corazón las tribulaciones y demás sentimientos, inclusive el amor, conectados con el establecimiento de la iglesia allí.  Los hermanos corintios sabían que Pablo les amaba como un padre ama a sus hijos.  Ellos siempre estaban en su corazón.

      --"conocidas y leídas por todos los hombres".  Corinto era ciudad principal en el mundo de aquel entonces, como una ciudad sentada sobre un monte, y por eso el gran cambio de vida, obrada por el evangelio en los corintios de la iglesia de Dios, daba gran testimonio al llamamiento de Pablo por Dios de ser apóstol a los gentiles.  Además de vidas cambiadas (1 Cor. 6:9-11), los hermanos en Corinto tenían dones milagrosos; no les faltaba nada de beneficio apostólico (1 Cor. 1:5-8; 2 Cor. 12:12).  Todo esto daba testimonio a la obra de Pablo como uno aprobado por Dios.  El mundo en general observaba la existencia y actividad de la iglesia en Corinto, y así se le aseguraba a Pablo su "carta de recomendación".

 

      3:3 -- "siendo manifiesto ... por nosotros".  Los corintios eran una carta de Cristo, escrita por Pablo, en el sentido de que Cristo comisionó a Pablo a hacer en Corinto la obra de predicación en esa ciudad que trajo a la existencia esa iglesia de Cristo.  Si ella era de veras una carta de Cristo, entonces quedaba aprobada la obra de Pablo, porque él fue quien fundó esa congregación de cristianos (1 Cor. 3:10).

      --"escrito no con ... Dios vivo".  La figura de escribir en corazones también se ve en el Antiguo Testamento (Jer. 31:33; Prov. 3:3).

      Pablo ahora comienza un contraste entre el Nuevo Testamento y el Antiguo, entre la ley de Cristo, la que está todavía en vigor, y la de Moisés que en parte los judaizantes todavía promovían.  En el ver. 6 empieza un contraste entre las dos leyes, o pactos.

      Los hermanos en Corinto representaban una carta, no como una de papel con palabras escritas en ella con tinta, sino escrita por el Espíritu Santo, en que su conversión fue lograda por medio de la predicación de Pablo (1 Cor. 2:1-5), hombre inspirado de Dios.  Esta carta, la cual eran ellos, era de Cristo, y era leída por todos el mundo al ver la vida de ellos tan cambiada por el evangelio de Cristo.

      --"no en tablas ... del corazón".  La frase "tablas de piedra" apunta al Antiguo Testamento (Deut. 4:13), mientras que la frase "tablas de carne del corazón" (o, "tablas de corazones humanos", Ver. La Biblia de las Américas) sugiere al Nuevo Testamento (Jer. 31:31-34; citado en Heb. 8:8-13).

 

      3:4 -- "Y tal confianza ... Dios".  Pablo aquí declara su confianza de que su comisión y obra, de predicar el evangelio, vino mediante Cristo y de Dios (ver. 5).  Cristo le apareció en el camino a Damasco (Hech. 9, 22, 26), y le comisionó.  Su obra en Corinto fue una carta de Cristo que él había escrito.  Con razón sentía esta confianza, la cual no se apoyaba en cartas de recomendación de hombres, sino en su comisión divina y en la aceptación de su obra de parte de Dios.  Todas sus labores las hacía en relación con Dios y para su aprobación.

 

      3:5 -- "no que seamos ... de nosotros mismos".  Nadie ha de insinuar que Pablo sentía confianza basada en su propia persona y reclamaciones.  En sí no tenía ninguna suficiencia (2:16), o competencia, para lograr tales éxitos como los representados en la iglesia de Dios en Corinto.  Pablo no tomaba ningún crédito para sí mismo.

      --"sino que ... de Dios".  En estos versículos Pablo continúa el contraste entre su comisión y obra, y las reclamaciones de los judaizantes (11:20-22).  La competencia que Pablo tenía vino de Dios.  Dios fue quien le capacitó para el ministerio de predicar la Palabra que tenía que ver con la vida y la muerte (1 Cor.2: 6-16).  Para confirmar su mensaje, se le dio el poder de hacer grandes milagros (12:12).  Los hombres se glorían en sí mismos y en sus supuestas conexiones importantes.  La competencia que Pablo tenía era ésa que Dios le dio.

 

      3:6 -- "el cual ... nuevo pacto".  Lo que hizo Dios con los apóstoles fue hacerles competentes o suficientes para anunciar al mundo el evangelio del nuevo pacto, o acuerdo, que Dios ha hecho con los hombres por medio de Cristo Jesús.  El antiguo pacto (Antiguo Testamento) fue hecho con Moisés y era para los judíos; fue hecho en Sinaí.  Pero 430 años antes de darse la ley en Sinaí Dios ya había hecho una promesa a Abraham de que en la simiente de él serían benditas todas las naciones de la tierra (Gén. 12:3; 22:18; Hech. 3:25,26; Gál. 3:8, 16-22; Heb. 8:6-13). 

      En cambio, los judaizantes abogaban por la ley de Moisés, tratando de obligar a los gentiles a ser circuncidados, es decir, identificados como judíos en la carne, para ser salvos (Hech. 15:1).  Estos en Corinto trataron duramente de desacreditar a Pablo para robarle su influencia en la iglesia en Corinto.  Mucho de lo que trae esta segunda carta a los corintios trata este problema.

      --"no de la letra ... vivifica".  Los dos términos, "letra" y "espíritu", son empleados por Pablo en este pasaje para referirse a los dos pactos, al antiguo (ver. 14) y al nuevo (ver. 6).  La palabra "letra" apunta a los diez man­damientos, escritos en tablas de piedra y que representaban a la ley de Moisés completa.  La palabra "espíritu" apunta a la fuente de la revelación del evangelio salvador de Cristo, pues el Espíritu Santo reveló el mensaje a testigos escogidos de antemano (Hech. 1:1-8).

      Se dice que la "letra" mata, porque la ley de Moisés no traía en sí perdón de pecados en realidad.  (Sí había perdón típico en el derramamiento de la sangre de animales en los sacrificios, pero en realidad esa sangre no podía perdonar, Heb. 10:4).  Se dice que el "espíritu" vivifica, porque la ley de Cristo sí trae perdón para el hombre muerto en el pecado.  El que obedece al evangelio, siendo renacido (Jn. 3:3,5; Hech. 22:16; Tito 3:5; 1 Ped. 1:18-25), ya tiene vida de nuevo con Dios (Efes. 2:1,5).

      Bajo la ley de Moisés el israelita, al pecar, se hallaba bajo la condenación de la ley.  La ley le condenaba.  La paga del pecado es la muerte (Rom. 6:23). No había perdón en la sangre de los animales.  Para él la ley le resultó para muerte (Rom. 7:10-13).  Era imposible que la ley de Moisés salvara al pecador (Rom. 8:3); era débil, pues.  Tenía este defecto (Heb. 8:7).  Tenía la ley de Moisés, el Antiguo Testamento, buen propósito, pero fue temporario y no permanente (Gál. 3:19-29).  Ya que vino Cristo y estableció el nuevo pacto, el cristiano, al tratar de volver a la ley de Moisés para justificarse, se desliga de Cristo y cae de la gracia de Dios (Gál. 5:4).

      Este versículo es uno de los favoritos de los modernistas, los que niegan la inspiración de las Escrituras, los milagros de la Biblia, la deidad de Jesús de Nazaret, el juicio final, etc.  A ellos les gusta aplicar este versículo como si dijera que la letra significa cualquier interpretación literal de las Escrituras, y que eso mata, mientras que el espíritu significa cualquier determinación de ellos respecto a las Escrituras, hecha por el subjetivismo, y que eso vivifica; es decir, que sí vale.  Desde luego ellos ignoran por completo el contexto y juegan con palabras.  Obviamente Pablo aquí no contrasta un supuesto sentido literal con uno puramente alegórico o simbólico, llamado "espiritual".

      Considérense Rom. 2:29; 7:6.

 

      3:7 -- Habiendo mostrado que el Nuevo Testamento es más poderoso, ahora Pablo pasa a mostrar que es más glorioso.

      --"Y si el ministerio ... con gloria".  La ley de Moisés se llama "ministerio de muerte" (ver. 6, "mata") porque condenaba todo pecado en el israelita, pero no podía limpiar su conciencia (Heb. 9:9,10); no podía perdonar pecados.

      Los diez mandamientos representaban el antiguo pacto (Ex. 34:28), y Dios mismo los escribió en las dos tablas de piedra (Deut. 5:22).  Fue ocasión gloriosa (ver. 24).

      --"tanto que ... de su rostro".  Véase Exodo 34:29-35.  Habiendo estado hablando cara a cara con Dios, resplandecía el rostro de Moisés.  Después de hablar Moisés con el pueblo, repitiéndoles las palabras de Dios, se ponía un velo sobre su rostro.      

      Esa gloria era temporaria.  Cuándo, o con qué rapidez, se desvaneció esa gloria, las Escrituras no nos lo dicen.  Pero sí pasó.  Era una gloria en el rostro de carne de Moisés y por eso expresada en sentido físico.  Esa gloria se desvaneció ante la llegada del ministerio del espíritu.  Dios mismo quitó el primer pacto para establecer el segundo, el Nuevo Testamento (Heb. 10:9).

 

      3:8 -- "¿cómo no será ... del espíritu?"  Si el primer pacto (la ley de Moisés; o sea, el Antiguo Testamento) fue con gloria, una gloria visible en la carne, más bien es con gloria el segundo pacto (la ley de Cristo; o sea, el Nuevo Testamento), con una gloria no visible en la carne sino en el espíritu, porque bajo el Nuevo Testamento el hombre nace de nuevo (o, de arriba, Jn. 3:3-12, 31 -- lit. en griego, ANOTHEN, ver. 3,7,31, de arriba), y es cambiado de tal modo que ahora es nueva criatura.  Todo esto es realizado a base de la sangre de Cristo en la cruz.  Obviamente, la gloria del Nuevo Testamento sobrepasa la del Antiguo.

 

      3:9 -- "Porque si ... de justificación".  La ley de Moisés condenaba al israelita cuando éste pecaba.  Era un ministerio, pues, de condenación.  Se concede que fue introducido con gran gloria.  Pero en sí tiene que tener más abundante gloria el ministerio de Cristo en el evangelio, porque trae la justificación del pecador perdido, perdonándole sus pecados.  Considérese Rom. 3:21-26.

      Los judaizantes se gloriaban en un ministerio que era de muerte.  Pablo y los otros apóstoles y evangelistas inspirados participaban en un ministerio de gloria abundante y permanente.  Este es el punto de énfasis de Pablo en esta sección de su carta a los corintios.

 

      3:10 -- "Porque aun ... más eminente".  El Nuevo Testamento tiene una gloria eminente (que "sobrepasa", Ver. La Biblia de las Américas; que "sobrepuja", Ver. Hispano-americana y Ver. Moderna).  La gloria del Antiguo Testamento no se compara con ésta.  Tuvo gloria, pero no la gloria del Nuevo, porque (como dice el versículo siguiente) la del Nuevo es permanente.

      La gloria del Nuevo Testamento sobrepasa la del Antiguo en que Cristo es mayor en gloria que Moisés, y las recompensas del Nuevo (la vida eterna en el cielo, redimida la gente por Cristo) son mayores que las del Antiguo (una tierra prometida de este mundo).

          

      3:11 -- "Porque si ... permanece".  La gloria que se vio en el rostro de Moisés pasó, y eso simbolizaba la pasada del Antiguo Testamento.  La ley de Moisés fue añadida hasta que viniera Cristo (Gál. 3:19-29).  Nunca era de la permanencia del plan de Dios para redimir al hombre.  (Considérese la alegoría de Pablo en Gál. 4:21-31).  Cuando Dios profetizó por Jeremías que iba a hacer un pacto nuevo (Heb. 8:8-13), eso indicó que el primer pacto perecería.

      El pacto nuevo permanece porque tiene el sacrificio perfecto del mismo Hijo de Dios, y ya no hay más necesidad de sacrificio (Heb. 10:1-18; Efes. 1:7; 1 Jn. 1:7; 2:2).

      Ahora, argumenta Pablo y con razón, de que si algo perecedero tuvo gloria, mucho más tiene gloria lo que es permanente.  Esto los judaizantes, enemigos de Pablo como también del evangelio de Cristo, no lo podían negar.

 

      3:12 -- "Así que, ... franqueza".  La esperanza de Pablo descansaba en la permanencia del pacto nuevo con sus bendiciones espirituales en Cristo (Efes. 1:3; Rom. 5:1,2).  La ley de Moisés (ministerio de condenación y de muerte, ver. 7, 9) fue abrogada porque no perfeccionaba nada; era débil e ineficaz.  En cambió, la ley de Cristo introdujo una esperanza mejor, que es la de redención del pecado en esta vida y la vida eterna con Dios en el cielo.  Véase Heb. 7:18,19.

      Esta esperanza dio a Pablo una gran confianza para hablar las cosas del evangelio tan glorioso.  El estuvo estrechamente asociado con el evangelio glorioso porque Cristo le comisionó a predicarlo a los gentiles (Efes. 3:1-7).  Con razón hablaba así porque su eficacia o competencia vino de Dios (ver. 5).

 

      3:13 -- "y no como Moisés ... su rostro".  Véanse los comentarios, ver. 7.

      --"para que ... ser abolido".  El punto de controversia en esta frase tiene que ver con la interpretación de la palabra "fin".  Puede significar terminación; puede significar propósito.

      Algunos entienden que aquí Pablo se refiere a que Moisés puso el velo sobre su rostro para que los israelitas no vieran que el resplandor en su cara se desvanecía.  Después de terminar de revelar a los israelitas lo que Dios le revelaba a él, Moisés no tuvo que seguir poniéndose ese velo, pues ese resplandor no continuaba.  Esa gloria (de que Dios estaba con Moisés en la presentación de la ley) fue temporaria, simbolizando que la ley era temporaria.

      Otros entienden que Pablo se refiere a que Moisés puso el velo para que los israelitas no vieran el propósito verdadero de la ley, que era ser algo añadido hasta que viniera Cristo (Rom. 10:4).

      En la primera interpretación de esta frase el punto es que la terminación del resplandor en el rostro de Moisés indicaba la naturaleza temporaria de la ley de Moisés que contenía sombras o simbolismos (Heb. 9:9; 10:1), que como el resplandor de su rostro se terminaba, así también terminaría la ley dada en Sinaí.

      En la segunda interpretación, el punto es que Moisés se puso el velo para encubrir el propósito de la ley dada en Sinaí.  Moisés ciertamente habló de Cristo, proféticamente (Jn. 5:46; Deut. 18:15; Hech.3:22-26), pero el evangelio de Cristo no fue declarado claramente hasta los días apostólicos (Efes. 3:5).   Según esta interpretación, el verdadero impedimento para el judío, en no ver que Cristo cumplió la ley de Moisés, no fue el velo simbólico que se puso Moisés, sino el que ellos mismos se pusieron por medio de su entendimiento embotado.

      Pablo podía hablar, usando de mucha franqueza (de "un lenguaje muy claro"--Ver. Moderna) (ver. 12), pero Moisés no lo pudo hacer, referente al fin o al propósito, de la ley, que era la justicia para todo hombre.  Tuvo que administrar una dispensación de sombras y símbolos, así encubriendo la claridad del fin del Antiguo Testamento.

      Las dos interpretaciones tienen mérito.  Yo favorezco la segunda.

      La ley de Moisés, con toda su gloria, quedó de ser "abolida" (acabarse, Ver. Moderna).

 

      3:14 -- "Pero el ... embotó".  Véase Rom. 11:7-10.  Dice la Ver. Biblia de las Américas, "el entendimiento de ellos se endureció".  La causa fue su rebeldía en el pecado.  Véase 2 Cor. 4:4.  Fueron responsables por su condición de ceguera (Mat. 13:10-15; Hech. 13:38-41; 28:23-28). 

      --"porque hasta ... es quitado".  Los israelitas tenían endurecido su entendimiento, y por eso, hasta el tiempo de Cristo y de sus apóstoles, no comprendían bien la naturaleza y el propósito de la dispensación mosaica.  Al oír las Escrituras del Antiguo Testamento leídas en las sinagogas en el tiempo de Pablo, a los judíos contemporáneos suyos les quedaba el mismo velo no quitado. Como un velo obscurece, así les quedaba obscuro el verdadero propósito de la ley de Moisés.  Moisés, con ponerse el velo sobre su rostro resplandeciente, obscurecía el verdadero propósito de la ley, y los judíos desobedientes y rebeldes seguían mirando a la ley con obscurecimiento.

      Pero Cristo Jesús es quien puede quitar ese velo de obscurecimiento y hacer claro el verdadero propósito de la ley de Moisés, pues él cumplió lo que la ley tenía por propósito.  La ley era buena (Rom. 7:12).  Fue dada al judío para decirle qué hacer y cómo vivir para ser justo delante de Dios.  Pero la justicia de la ley consistió en hacer las cosas de la ley (Rom. 10:5).  El judío, al pecar, ya no podía conseguir la justicia bajo la ley de Moisés.  Pero esa justicia, que tenía la ley por meta, es alcanzada en Cristo Jesús (Rom. 10:4).  Cristo es quien puede quitar el "velo" para el judío incrédulo, pues Moisés predicó a Cristo (Jn. 5:45-47).

 

      3:15 -- "Y aun hasta ... de ellos".  Aunque Cristo quitó el velo de obscurecimiento e hizo todo claro (Jn. 1:17), pues El es la verdad respecto al propósito de la ley de Moisés, el judío rebelde, al oír que le es leído Moisés, mantiene un velo sobre su corazón para no ver que Moisés hablaba acerca de Cristo.  Véanse Rom. 1:1-4; 3:21-31.

      Ese velo de obscuridad lo mantenían sobre los ojos de su entendimiento porque querían más bien seguir sus tradiciones que los mandamientos de Dios (Mat. 15:3-9).  Estaban sin excusa (Rom. 2:1).

 

      3:16 -- "Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará".  Algunos, valiéndose en parte de esta versión que dice "se conviertan", concluyen que algún día los judíos como nación se van a convertir al Señor.  Pero el texto griego emplea un verbo en número singular; el sujeto tiene que ser singular.  Dice la Ver. Biblia de las Américas, "Pero cuando alguno se convierte..".  Dice la Ver. Moderna, "Mas cuando alguno de ellos se vuelva..."  El judío que se convierte a Cristo ya no tiene dicho velo de obscuridad sobre sus ojos; ya comprende muy claramente que Cristo es el fin de la ley de Moisés (Rom. 10:4).  Hizo una investigación honesta de las reclamaciones del evangelio predicado, y ahora le es bien claro que Dios "en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo" (Heb. 1:1).

 

      3:17 -- "Porque el Señor es el Espíritu".  Casi toda versión de la Biblia usa la "E" mayúscula para escribir la palabra "espíritu".  Esto indica que se cree que se hace aquí referencia al Espíritu Santo.  Puede ser que sí.  Pero a través del contexto (ver. 6 al 11) la palabra "espíritu" (letra minúscula) se usó para indicar el nuevo pacto.  ¿Por qué, pues, cambiaría Pablo de tema para decir a los corintios que Jesucristo es el Espíritu (Santo); es decir, que está asociado o identificado con El?  El Señor es Jesucristo (1:3; 4:5).  Y ya había escrito Pablo que el Nuevo Testamento fue dado por dirección del Espíritu Santo (ver. 3).

      Cabe mejor en el contexto la idea de que El Señor (Jesucristo) es (identificado con) ese espíritu, o nuevo pacto.  El contraste en este contexto es entre Moisés que no pudo hablar del antiguo pacto excepto con velo puesto, y Pablo y los apóstoles que hablan del nuevo pacto con toda franqueza y claridad.  Moisés representaba  la "letra"; Jesucristo el Señor el "espíritu".

      --"y donde ... hay libertad".  Si la interpretación dada arriba es correcta, sigue Pablo diciendo que donde está el pacto llamado "espíritu", o sea el Nuevo Testamento, allí hay libertad, porque allí hay perdón de los pecados y por eso libertad de la condenación traída por el pecado.  Véanse Gál. 4:5-7,31; 5:1.  La ley de Moisés, un ministerio de muerte y de condenación, tenía al judío pecador bajo la sentencia de la muerte.  La ley de Cristo libra al pecador de esa esclavitud al pecado, y le da vida nueva. 

 

      3:18 -- "Por tanto, ...del Señor".  El cristiano no tiene velo puesto sobre su corazón, sino mira claramente ("a cara descubierta") al nuevo pacto y ve la gloria del Señor.  Cuando uno mira al espejo, ve claramente la imagen en él. 

      Santiago, en 1:23-25, usa la figura de mirar en espejo, diciendo "el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad". 

      --"somos transformados ... del Señor".  La ley de Cristo refleja la imagen de Cristo.  Por medio de nuestro conocimiento de su ley y obediencia a ella, nos transformamos en la gloria del Señor.  Cristo en nosotros es la esperanza de gloria (Fil. 1:27).  La iglesia de Cristo es ese pueblo glorioso al que se le ha quitado toda mancha y arruga.  Cada miembro de ella fue limpiado en las aguas del bautismo.  No se conforma al mundo, sino ahora se transforma por medio de la renovación de su entendimiento (Rom. 12:2).

      Vemos la gloria del Señor cuando miramos atentamente en su ley y somos transformados en esa gloria al hacer lo que su ley nos manda.  Tenemos que ser como él es, en carácter y conducta; tenemos que imitarle (1 Cor. 11:1; 4:17; Efes. 4:20; Col. 2:6,7).

      Dice la Ver. Biblia de las Américas que este proceso es "por el Señor, el Espíritu".  Según la interpretación dada arriba en el ver. 17, podemos leerlo así: "por el pacto denominado 'espíritu' del Señor", o "por el Señor, (identificado con) el nuevo pacto.  El texto griego dice literalmente: "como por (el) Señor (el) espíritu".  Como Moisés habló por "la letra", el antiguo pacto, es el Señor Jesucristo quien ha hablado por el "espíritu", el nuevo pacto.

      Si el Espíritu Santo es referido en esta frase del ver. 18, entonces se afirma que el Espíritu Santo es quien ha inspirado el mensaje del nuevo pacto. 

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