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Nota del editor:
Cuando el hermano Daniel I. Hiler todavía vivía (en Dilley, Texas),
una tarde me detuve en ese pueblito y fui a saludarlo.
Le dije: "He impreso un titipuchal de miles de copias
de su tratado La iglesia del Nuevo Testamento,
preguntas y respuestas".
Se puso feliz de oirlo. No sabíamos entonces que años más
tarde le habría yo de publicar sus trataditos en la Internet para
que los leyeran todavía más millares de personas. El
fue el padre de la hermana Eula Farmer, tan conocida y
apreciada entre los hermanos de habla hispana.
Valente Rodríguez. |
Siendo cualquier espíritu algo que el ser humano no puede ni ver con
los ojos ni palpar con las manos, es difícil, aun imposible, entender el
todo del concepto de espíritu, sea de espíritu humano, de espíritu
inmundo (demonio), o del Espíritu Santo. El Espíritu Santo se llama en el Nuevo Testamento además de
Espíritu Santo (Juan 14:26), el Espíritu de verdad (Juan 15:26), el Espíritu
de Dios (Romanos 8:9,11) y el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9; Gálatas
4:6).
La dificultad de entender lo del Espíritu Santo no la debemos dejar
que impida que procuremos aprender lo que dice la Biblia sobre el asunto.
En una obra tan corta como este tratadito, sería imposible discutir
todo pasaje en que se le menciona al Espíritu Santo, pero quiero llamar la
atención a algunos. En los
Hechos 5:32, el apóstol Pedro dijo que Dios ha dado el Espíritu Santo a
los que le obedecen. En el capítulo
2:38, el mismo apóstol dijo a la multitud que había preguntado que haría:
"Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de
Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo." A las iglesias de
Galacia (Gálatas 1:2), el apóstol Pablo dijo:
"Y porque sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en
vuestros corazones" (Gálatas 4:6). (Se debe notar que en este verso,
se dice que Dios envió el Espíritu en los corazones de sus hijos y no a
inconversos para convertirlos.) A
la iglesia de Dios en Corinto, dijo que el Espíritu Santo estaba en ellos
(1 Corintios 6:19). El Nuevo
Testamento no menciona manifestación o señal que indique la presencia del
Espíritu Santo en los hijos de Dios, pero debemos creer que él está en
nosotros igualmente que creemos que Cristo está en nosotros (Romanos 8:10),
y que nosotros estamos en él (Filipenses 1:1; Juan 15:4), y eso sin señal
o milagro visible que lo indique.
Pero sobre algunos de los cristianos primitivos impusieron los apóstoles
las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo de modo que podían hacer
ciertos milagros, como se relata en los Hechos 19:6.
En los Hechos 8:14-18, se dice que los apóstoles Pedro y Juan
impusieron las manos en los discípulos de Samaria y que éstos recibieron
el Espíritu Santo. No se dice nada de milagros, pero sí se dice que Simón vio
que se daba el Espíritu Santo, por lo cual se entiende que había alguna
manifestación visible. En el
capítulo 12 de 1 Corintios, los milagros que eran dados a los discípulos
que los hiciesen se llaman dones espirituales.
El apóstol Pablo allí menciona nueve dones que se daban (1
Corintios 12:4-11). No todos
los dones se deban a un solo individuo (versículos 8-10, 29-30).
El apóstol Pablo, discutiendo el uso de los dones en el capítulo
14, dijo que los dones que se usaban en la iglesia, eso es, en la
congregación,
se debían usar para edificación (versículos 5,19,26,31).
Por lo que se refiere en la primera parte del capítulo 8 de los
Hechos, parece que sólo los apóstoles podían dar el Espíritu Santo por
la imposición de sus manos. Porque
a pesar de la presencia de Felipe que hacía señales en la ciudad (versículos
6,7), el Espíritu no había descendido sobre ninguno de los discípulos
hasta que vinieron a ellos los apóstoles Pedro y Juan (versículos 14-17).
Algunos creen que Timoteo había recibido un don espiritual por la
imposición de las manos de algunos que no eran apóstoles (1 Timoteo 4:14).
Pero no se dice que el don mencionado fue don espiritual, o si
algunos de los presbíteros, o ancianos, eran apóstoles.
El apóstol Pedro era anciano. (1 Pedro 5:1)
Poco antes de su muerte, el Señor Jesucristo prometió a sus apóstoles
que vendría a ellos el Consolador, el Espíritu Santo que les enseñaría
todas las cosas y les recordaría todo lo que él les había dicho estando
con ellos (Juan 14:25-26); en fin, que les guiaría a toda verdad (Juan
16:13). También les dijo después
de su resurrección que recibirían virtud para ser sus testigos cuando
viniera el Espíritu Santo sobre ellos (Hechos 1:8).
Esta venida del Espíritu Santo la llamó bautismo en el Espíritu
Santo, diciendo en los Hechos 1:5: "Porque
Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el
Espíritu Santo no muchos días después de estos."
El fin de este bautismo ya se ha visto arriba.
Cuando vino el Espíritu, comenzó luego a guiar a los apóstoles, dándoles
que hablasen y eso en muchas lenguas (Hechos 2:4).
En otra
ocasión, unos años
después de ésta, el Espíritu Santo cayó sobre Cornelio, con otros
gentiles, en la ciudad de Cesarea, cuando Pedro estaba predicando a ellos (Hechos
10:44,46). Parece que aquella
venida también fue bautismo en el Espíritu Santo, porque Pedro dijo,
refiriendo lo sucedido: "Y
como comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como
sobre nosotros al principio. Entonces
recordé del dicho del Señor, como dijo: Juan ciertamente bautizó en agua;
mas vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo.
Así que, si Dios les dió el mismo don también como a nosotros que
hemos creído en el Señor Jesucristo, quién era yo que pudiese estorbar a
Dios?" (Hechos 11:15-17).
Si fué bautismo en el Espíritu Santo o no, tuvo propósito muy
específico y lo cumplió: Convenció
a Pedro y a los otros judíos que la salvación por el evangelio era para
los gentiles igualmente como para los judíos.
Las señales que Jesús hacía eran para probar que el Padre le había
enviado (Juan 5:36), y que era el Cristo, el Hijo de Dios (Juan 20:30-31).
Las hechas por los apóstoles y por algunos otros servían para
confirmar la palabra por ellos predicada (Marcos 16:20; Hebreos 2:3,4).
El apóstol Pablo hacía milagros para confirmar su palabra (Hechos
14:3,8-10; 19:11-12, pero él dejó a Trófimo en Mileto enfermo, 2 Timoteo
4:20).
La palabra de los apóstoles ya ha sido bien confirmada, y la tenemos
escrita en el Nuevo Testamento. Ya
no hay necesidad de milagros para confirmación, ni tampoco para edificación,
porque el Nuevo Testamento proporciona todo lo necesario para ellas.
Una cosa
más: los llamados milagros de hoy día no son dignos de ser
comparados con los verdaderos milagros hechos por Cristo y por sus
apóstoles.
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