MATEO 24

Por Jaime Restrepo-Montoya
Copyright Junio 14, 2000

 

 

 


Capítulo Uno

Tu Rey Viene

 

En la mañana de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, tradicionalmente pensada que fue el Domingo antes de Su crucifixión, estuvo acompañado por una multitud de seguidores emocionalmente preparados.  Con sus esperanzas encendidas por los milagros maravillosos forjados por el profeta de Galilea, se habían reunido en el camino de Betania para acompañar a Jesús a Jerusalén.  Con menos de un kilómetro y medio para llegar se detuvo cerca de la ciudad.  Los techos comunitarios de su templo y el fulgor de sus muros de mármol se extendieron ante El, más allá la expansión del valle de Cedrón.

Los ojos del Maestro, brillando con el fuego de la profecía, vio más allá del débil resplandor de la visión que satisfacían sus ojos a la terrible destrucción que dentro de una generación derribaría la Ciudad.  A medida que miraba con fijeza a Jerusalén, lloró sobre ella.  Dijo en voz alta, “¡Oh, si también tú conocieses ... lo que es para tu paz! ... Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Luc. 19:41-44).

Estas sombrías palabras de portento y poder fueron cumplidas literalmente cerca de 37 años después, en el año 70 D.C., cuando las legiones Romanas bajo el General Tito destruyeron completamente la gloriosa Ciudad de Jerusalén.  Esto evento dio culminación a cinco años de desesperadas revueltas, incluyendo tres intentos por parte de los líderes Romanos de tomar la Ciudad y de una lucha suicida continua entre las guerreantes facciones Judías.  Muchos proclaman las Guerras Judías como entre las más grandiosas de todas las luchas registradas de la humanidad.  Ciertamente ninguna puede contender con el horror de esta, y la miseria y sufrimiento traída sobre esta por los asesinos indiscriminados y al por mayor de parte de soldados y civiles.

Inicialmente los Judíos se sublevaron poco después de la muerte de Herodes (Hch. 12:23), alrededor del 44 D.C.; una guerra en gran escala irrumpió finalmente en el año 66 con un éxito inexplicable para los Judíos con el Romano Cestio Gallo.  Vespasiano vino sobre Jerusalén dos años después, invadiendo el campo ante él, devastando la tierra hasta que estuvo desolada completamente.  Increíblemente, el terror reinó en la Ciudad y la facción combatiente usó los recursos.

Aun cuando Vespasiano se retiró para convertirse en emperador al principio del año 70 D.C., su hijo Tito dirigió los batallones Romanos hacia Judea en el verano del 70 para subyugar a los Judíos.  En el intermedio, tres partidos en Jerusalén intensificaron su lucha cuerpo a cuerpo.  Aún cuando los Romanos descendieron sobre la Ciudad con toda furia, los Judíos continuaban en un conflicto interno.

En una tregua o respiro momentáneo de la presión Romana en Abril, cerca de 250.000 Judíos de todas partes del mundo entraron a la ciudad para adorar en el tiempo de los panes sin levadura.  Sin embargo, muy pronto, las legiones Romanas encerraron como en una prisión a los recién llegados con la población residente que eran 50.000, sellando nuevamente a Jerusalén.  No se permitió pasar ninguna provisión a los centinelas para la población desesperada para que no pudieran escapar de la ciudad porque un líder Judío selló las puertas y mató a todos los que intentaron huir. (Vease Los Escritos Esenciales, Págs. 320,352; y Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Págs. 135-137).

Lo siguiente que hicieron los Romanos fue levantar plataformas para destruir los muros.  Para Mayo se habían apoderado de los dos muros del norte y tomaron la parte norteña de la Ciudad.  Durante el largo verano Tito suspendió brevemente la acción para ofrecer a los Judíos una oportunidad para rendirse, en vista de que el hambre empezó a sobrecogerlos.  Pero rehusaron.  Tito entonces presionó su ataque y lo siguiente que conquistó fue la parte conocida como Antonia.  Sus edificios fueron derribados o incendiados.

Finalmente, al principio de Septiembre las baterías Romanas agrietaron el último obstáculo en Jerusalén, la serie de murallas de la ciudadela, y el 7 de Septiembre los Romanos levantaron sus estandartes en las torres de la parte alta de la Ciudad y allí sacrificaron a dioses paganos.  Mientras algunos de los soldados aplaudían y cantaban cánticos de victoria, otros quemaban y saqueaban la ciudad.  En la mañana del 8 de Septiembre el sol se levantó sobre Jerusalén en llamas.  El magnífico templo fue saqueado y demolido hasta el piso, piedra por piedra.

Josefo, el historiador Judío contemporáneo, concluyó:  “Vence, pues, y excede en gran manera toda pestilencia, así humanamente venida, como por Dios enviada, el número grande de los que murieron públicamente, y de los que prendieron los romanos; porque escudriñando los albañales, y desenterrándolos de los sepulcros, degollaban a cuantos hallaban” (Guerras de los Judíos, Tomo 2, Libro 7, Cap. 17, Pág. 254).  “Distribuyó la mayor parte Tito por todas aquellas provincias para que fuesen muertos en los espectáculos y fiestas por las bestias fieras; los que se hallaron de menor edad de diecisiete años fueron vendidos ...” (Guerras, Tomo 2, Libro 7, Cap. 16, Pág. 252).  Holgadamente estimó que 97.000 fueron llevados en cadenas como cautivos y que 1.100.000 perecieron en el largo sitio (Guerras, Tomo 2, Libro 7, Cap. 17, Pág. 253).

Previo a la Guerra Judía todo el mundo había envidiado a Jerusalén  porque había gozado de tantas bendiciones.  Pero la Ciudad, escribió Josefo “digna de tan grandes desdichas, no ciertamente por otra cosa, sino por haber engendrado y sufrido dentro de sí generación tal, y tan perversa, que le cause tal y tan grande destrucción” (Guerras, Tomo 2, Libro 7, Cap. 16, Pág. 251).  Al principio, en la comparación de Jerusalén con Sodoma, el historiador dijo que Jerusalén “... había de padecer y ser abrasada con el fuego de Sodoma, porque muy peor y más impía era esta gente, que aquella que lo había padecido; murió finalmente todo el pueblo, y pereció por la pertinencia y desesperación de éstos” (Guerras, Tomo 2, Libro 6, Cap. 16, Pág. 197).

El objetivo de este estudio es mostrar que la destrucción de Jerusalén, considerada por muchos historiadores como entre los eventos del mundo más notables, es un tema Bíblico fuerte y consistente, empezando con Moisés y terminando con el autor del libro de Hebreos.  Ciertamente, un aspecto de la misión terrenal de Jesús pasado por alto fue la de liberar a Sus fieles de la opresión religiosa de la jerarquía Judía prevaleciente y de castigar a una generación maligna de Judíos que en el tiempo de Cristo era una nación caída y desobediente.  Esta fue una ejecución en venganza.  Todo debía ocurrir acorde a las profecías que declaran Su influencia en el evento.

Estos pasajes proféticos, especialmente aquellos en Isaías, Daniel, Malaquías y Joel, y también las declaraciones por parte de Jesús en los evangelios, profetizan cada aspecto de la destrucción de Jerusalén:  la puesta en escena de un tiempo de no reposo, la gran tribulación, el sitio de la Ciudad, el escape de los Cristianos, el derribamiento de los edificios, el inmenso sufrimiento, la muerte violenta de miles de Judíos, el cautiverio de muchos otros, y el fin de la nación.

Los especuladores religiosos pasan por alto este cumplimiento obvio y directo de los profetas en favor de las aplicaciones del fin del tiempo antes de la “segunda venida” de Cristo, cuando según se afirma establecerá un reino de mil años para sus santos sobre la tierra.  Esta teoría, premilenaria, describe a Cristo casi invariablemente como “viniendo en medio de las tribulaciones”.  Varias señales profetizan el fin del siglo, aún futuro.  Sin embargo, estos pasajes muestran las diferentes “venidas” de Cristo, como veremos más adelante.

En el pasaje introductorio citado de Lucas, Jesús dijo que El mismo “visitaría” a Jerusalén en el tiempo cuando las grandes calamidades físicas mencionadas ocurrieran.  No obstante, los Romanos llevaron a cabo el sitio, la perdida de vida, y la destrucción de la ciudad y el templo.  ¿En que forma son reconciliadas estas ideas?

Esta “visitación” es evidentemente una manifestación del gobierno de Cristo, o de la presencia espiritual divina, en los reinos de los hombres.  La venida de Cristo es Su parousia, Su presencia – literalmente “presencia” – denotando acorde a Vine “una llegada como una consiguiente presencia con” (Vine, Vol. 1, Pág. 50, ver ‘advenimiento’).

 

Las Venidas del Señor en el Antiguo Testamento

 

Como “Rey de las Naciones”, Jehová gobernó en los reinos terrenales del Antiguo Testamento y colocó como gobernantes a quienes quiso, una verdad fuertemente enseñada por Daniel (véase 4:25,32; 5:18,21).  Isaías mostró que Dios levantó Asiria para castigar a Israel (Cap. 10), empleó a Babilonia para subyugar a Judá (Cap. 39), y más tarde puso en movimiento a los Medo-Persas para destruir a Babilonia (Cap. 13, especialmente el v.17).  Véase también 29:6 y 50:2.

Isaías dijo que “... Jehová monta sobre una ligera nube, y entrará en Egipto ...” (19:1).  En esa ocasión Dios visitó a los idólatras Egipcios en juicio.  Con misericordia Jehová visitaría a Ascalón (Sof. 2:7).  Moisés escribió que en los días de la esclavitud Egipcia “... el pueblo creyó; y oyendo que Jehová había visitado a los hijos de Israel ... se inclinaron y adoraron” (Ex. 4:31; véase también 3:18).  El Salmista pidió a Dios “... mira desde el cielo, y considera, y visita esta viña (Su pueblo)” (Sal. 80:14).

Estas “venidas” de la Deidad a menudo están asociadas con las nubes, como en Isa. 19:1, citado anteriormente.  Ezequiel conecta claramente las nubes con el poder divino, ejecutado en juicio.  “... ¡Ay de aquel día!”  dijo Jehová.  “Porque cerca está el día, cerca está el día de Jehová; día nublado, día de castigo de las naciones será.  Y vendrá espada de Egipto, y habrá miedo en Etiopía ...” (30:2-4).

El versículo 5 menciona varios aliados  de los Egipcios que tendrían una suerte similar, mientras que el versículo 7 profetiza que las ciudades Egipcias serían desiertas.  “Y sabrán que yo soy Jehová, cuando ponga fuego a Egipto, y sean quebrantados todos sus ayudadores” (v.8).  El v.10 menciona a Nabucodonosor como el conquistador, pero solamente con la aprobación de Dios, acorde al 29:19-20, en el capítulo anterior.

Allí, Dios dijo que daría “... a Nabucodonosor, rey de Babilonia, la tierra de Egipto; ... Por su trabajo con que sirvió contra ella le he dado la tierra de Egipto; porque trabajaron para mí, dice Jehová el Señor” (véase también 30:19).  El rey mismo reconoció más tarde que su poder vino de arriba (Dan. 5:21b).  Jesús dijo claramente la misma cosa a Pilato (Juan 19:11).

Las calamidades de la naturaleza también significaron juicios de Dios y Su presencia entre el hombre.  En el Mt. Sinaí, truenos, relámpagos, y una nube espesa apareció como resultado de la “venida” de Jehová entre los Israelitas impíos (Ex. 19:16 y Sigs.).  El monte se estremeció en gran manera a causa de la presencia de Dios (v.18; véase también Isa. 64:1-3).  El escritor de Hebreos dijo que todas estas cosas sirvieron como advertencia para los Israelitas (12:18,25-26).  David dijo que trueno y carbones de fuego fueron una respuesta de Jehová (Sal. 18:13).

En otra ocasión, Isaías prometió que Dios visitaría a los Israelitas con trueno, terremoto, con gran ruido, con torbellino y tempestad, y llama de fuego consumidor a causa de su impiedad (29:6).  Este lenguaje indica juicio.  Los cielos se estremecieron y la tierra se movió de su lugar cuando Dios visitó a  Babilonia en juicio (Isa. 13:13).  Mientras juzgaba a las naciones, Hageo escribió que Dios haría temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca (2:6,21).

Los primeros escritores Cristianos y el Señor mismo naturalmente usaron estos modismos y figuras del Antiguo Testamento para describir un derramamiento del poder divino en sus días.  Esta es la esencia de la comunicación, empleando palabras que el lector pueda entender.  El Nuevo Testamento hace frecuente uso de principio a fin de las palabras venida, presencia, visitación (en Luc. 19:44), nubes, y toda clase de calamidades naturales.  El teorista milenario casi siempre asocia estas palabras con el retorno final de Cristo al final del tiempo, negligentemente referida como la “segunda venida”.  Pero estas palabras y frases casi siempre tienen significados figurativos especiales, y un fracaso en notarlos lleva a la confusión.

Por ejemplo, el Nuevo Testamento nos habla de un número de “venidas” del Señor.  La encarnación del Señor fue una venida (2 Tim. 1:10). Jesús habló del derramamiento del Espíritu Santo como una venida divina (Juan 14:18,28).  Viene en manifestación amorosa a cualquiera que guarde Su palabra (Juan 14:23); esta es una presencia espiritual.  Vino con el evangelio, predicando la paz a los gentiles (Efe. 2:17).

A Efeso, Pérgamo y Sardis, Jesús vendría con castigo (Ap. 2:5,16; 3:3); a Tiatira y Filadelfia amonestó a los lectores a “... retenedlo hasta que yo venga” (Ap. 2:25; 3:11); a los de Laodicea vendría y cenaría con ellos (Ap. 3:20).  Este estudio mostrará que la destrucción de Jerusalén fue una manifestación de la venida del Señor en juicio.

La última de todas estas “venidas” será el retorno final del Señor (1 Tes. 4:15 y Sigs.).  Cuando los escritores del Nuevo Testamento hablaron de esta, muy a menudo usaron la palabra “aparición, manifestación” (1 Tim. 6:14; 2 Tim. 4:1,8; Tito 2:13; Heb. 9:26-28; 1 Ped. 1:7, y otros), o expresiones que indican una presencia visible (2 Tes. 1:7), como usadas en conexión con la primera venida, Su entrada a este mundo (Juan 1:14; 2 Tim. 1:10; Heb. 9:26).

Hebreos 9:26-28 es típico de esto:  “...  pero ahora en la consumación de los siglos, se presentó una sola vez para siempre por el sacrificio de sí mismo ... y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar ...”  Hechos 1:11 muestra que el retorno del Señor será personal y visible, distinto de cualquier otra “venida” mencionada en el Nuevo Testamento.

En vista de que el lenguaje empleado en la descripción de la aparición final de Jesús al final del mundo es similar a las figuras describiendo la destrucción de Jerusalén, y a las otras “venidas”, es necesario estudiar cuidadosamente los pasajes relativas a cada una.  Al fallar en distinguir entre estas venidas, muchos especuladores religiosos las mezclan.

Indiscriminadamente, construyen una doctrina religiosa alrededor de un sistema de señales que precederán al retorno final de Jesucristo.  En claro contraste a Su encarnación, venida con el evangelio, en la venida a las iglesias en Apocalipsis, etc., Jesús dijo claramente que Su venida final sería completamente sin anuncio, sin señales (Mat. 25:10,19,31; 1 Tes. 5:2-10).

Otra cosa que las exhortaciones generales de vivir con la expectativa diaria de Su regreso, los pasajes que se refieren a la venida final son aquellos concernientes a los eventos que ocurrirán al final del tiempo.  Estos eventos son la resurrección de la muerte (1 Cor. 15:21-23; 1 Tes. 4:15-17), el cambio o transformación de los vivos (1 Cor. 15:51-52; 1 Tes. 4:17), el gran día del juicio (Juan 5:28-29; Hch. 17:31; Rom. 2:16), y la destrucción final de la tierra (2 Ped. 3:10-12).

Contrario a la teoría premilenaria de las dos resurrecciones – que los santos resucitarán primero y que los pecadores más tarde después del milenio – hay solamente una para ambos, para los justos e injustos, descrita como la resurrección (Hch. 24:15; 23:6; Fil. 3:11).  “Pero respecto a la resurrección de los muertos ...” fue la respuesta de Jesús a los Saduceos, en la exposición de su ignorancia de la vida después de la muerte (Mat. 22:31, véase también Luc. 20:35).

Y de esta manera, como Uno que posee toda la autoridad (Mat. 28:18), Jesucristo ahora gobierna las naciones con vara de hierro, acorde a la profecía (Sal. 2:8-9; 45:5-6; 110:5-6; Miq. 5:15; Ap. 12:5).  Jesús está por encima de todo gobierno, autoridad y poder; todas las cosas están en sujeción bajo Sus pies (Ef. 1:21-22; véase también Ap. 5:13; y 1 Cor. 15:20-28).  Este gobierno del Mesías entre las naciones existe ahora (Ap. 1:5); El es ahora “Rey de reyes y Señor de señores” (Ap. 19:15-16).

Exactamente tan cierto como que Jesús regresará de nuevo en juicio para recompensar y castigar, las escrituras también enseñan que El participó en la destrucción de Jerusalén a través de una “visitación” o venida en juicio divino usando las legiones Romanas.  Esta fue una presencia espiritual en venganza contra la malvada generación de Judíos que lo había rechazado.
 

 

 

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