Capítulo Tres

La Destrucción de Jerusalén

en los Evangelios

 

Todos los tres evangelios sinópticos tienen similares referencias siniestras de juicio.  En el desierto de Judea, justo antes de Jesús empezar Su ministerio a los Judíos, Juan el Bautista estaba predicando el arrepentimiento, “... porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2).  Cuando muchos de los Fariseos y Saduceos habían venido al río Jordán para espiarlo, Juan exclamó, “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (v.7).  Estos hombres, llenos de engaño y malicia, tenían motivos de poco valor al venir a Juan.  La “ira venidera” era la destrucción de Jerusalén que aquellos Judíos experimentarían.

Los versículos 11-12 presentan una figura aún mas vívida de la ira que destruiría a la nación Judía.  Serían bautizados en fuego, que es una destrucción del impío.  Cristo sostiene el aventador, semejante a un tenedor usado como herramienta para separar el trigo valioso de la paja que libremente se quita cuando ambas son lanzadas al viento.  En vista de que el aventador, un instrumento de juicio, estaba en Su mano, esto quiere decir que así como Jesús vino a Juan, el proceso concienzudo de cernir a los Judíos malos ya había empezado.  Por tanto, el ministerio terrenal de Cristo incluyó la traída del juicio contra los Judíos de Su generación.

Cuando Jesús comisionó a los doce de “id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat. 10:5 y Sigs.), declaró que “... no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel,  antes que venga el Hijo del Hombre” (v.23).  Esta sería la venida providencial de Jesús para destruir a la nación Judía.  Aún en esta comisión inicial, los apóstoles no debían quedarse en las ciudades que no los recibieran.  Cristo prometió a esas ciudades “... en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad” (v.15).

De esta manera, los apóstoles no evangelizaron todas las ciudades Judías antes de la visita de Cristo sobre Jerusalén en juicio una generación después de la cruz. Lucas añade que “... si en Tiro y en Sidón  (ciudades no Judías) se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que sentadas en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido” (10:13).  Esto fue pronunciado en respuesta a la fría recepción a la predicación del reino de Dios en tres pueblos Judíos cercanos al mar de Galilea.

Jesús sabía dónde podrían ser encontradas Sus ovejas perdidas.  Quizás el Maestro contempló la declaración de Jeremías:  “Oíd palabra de Jehová, ... El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño” (Jer. 31:10).  Jeremías estaba explicando al pueblo del pacto las grandiosas bendiciones que recibirían a su retorno de la cautividad en Babilonia.  La promesa espiritual se cumpliría en Cristo, pero los Judíos contemporáneos de Jesús lo rechazaron y por tanto, estas “ovejas” fueron asesinadas en la captura de Jerusalén en el 70 D.C.

En Mateo 9:12-13 notaron que Jesús estaba comiendo con los recolectores de impuestos – pecadores.  El Maestro defendió Su conducta con un proverbio:  “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”.  En ese momento la enfermedad espiritual de la nación de Israel necesitaba una restauración de la salud espiritual por medio del evangelio de Cristo.  En otro contexto Jesús los llamó “muertos” (Mat. 8:22).

 

Marcos 9:1

Marcos 9:1 habla acerca de Cristo en Su reino.  “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder”.  El pasaje paralelo en Mateo 16:28 se lee “... hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino”.  Lucas lo expresa sencillamente como “... hasta que vean el reino de Dios” (9:27).

“... algunos de los que están aquí ...” (Mr. 9:1) se refiere a los discípulos y a otros alrededor de El.  Al decir “algunos”, el versículo ciertamente presupone que la mayoría de las personas a quienes Jesús se dirigió habrían muerto antes del evento en cuestión – la venida del Hijo del Hombre en el reino con poder.  En vista de que esto fue pronunciado solamente seis días antes de Su transfiguración, el cumplimiento no está en ese evento o en la crucifixión o resurrección ocho meses después.

Que solamente algunos habrían muerto implica un evento más distante, uno aún más distante en el futuro que los varios meses hasta el Pentecostés de Hechos 2.  Además, Marcos 9:1 está en silencio acerca de la demostración del Espíritu por medio de los apóstoles o del poder del evangelio predicado asociado con ese primer Pentecostés.  Recíprocamente, Hechos 2 no dice nada acerca del cumplimiento de la venida del reino con poder o que Cristo “vino” en ese día.

El cumplimiento debe reposar mucho más allá, porque sin duda prácticamente todos (y no meramente solo algunos) en la audiencia aún estarían vivos en ese Pentecostés.  Para un cumplimiento en Pentecostés, uno debe suponer que el “poder” es la llegada del Espíritu Santo (pero Jesús, quien debe venir, es una persona, y el Espíritu Santo es “otro consolador” – Jn. 14:16), y uno debe traducir generosamente la palabra “algunos” para transmitir la idea de “muchos” o “la mayoría”.

Otras apariciones de “algunos” en Marcos siempre se refiere a una minoría, como en 7:2, algunos de los discípulos comieron sin lavarse las manos.  Al preguntar “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”, a Jesús se le dijo que algunos dicen que eres Juan el Bautista ...” (8:28 - Versión Dios Habla Hoy).  En la casa de Simón, “algunos” se habían enojado entre sí (14:4).  Ante el sumo sacerdote, algunos comenzaron a escupirle ...” (14:65).  En la cruz algunos de los que estaban allí decían, al oírlo:  Mirad, llama a Elías” (15:35); nótese cuidadosamente la similitud de la construcción de este versículo con el que está bajo discusión, 9:1.  En todos los casos es contemplada una minoría de personas por la palabra “algunos”.

A través de los evangelios sinópticos, la palabra “algunos” siempre transmite la idea de una minoría:  Mat. 13:5-7; 16:14; 28:11; 28:17; Luc. 8:5-7; 8:46; 9:7-8; 9:27; 11:15; 13:1; 19:39; 21:5; 21:15; etc.  Por tanto, la palabra “algunos” de Marcos 9:1, ante la ausencia de evidencia para lo contrario, debe transmitir su significado común y corriente – una referencia a una minoría del grupo en cuestión.

Ante la carencia de las objeciones anteriores, la destrucción de Jerusalén aproximadamente 37 años en el futuro, responde adecuadamente a la expresión figurativa de Marcos 9:1.  El tiempo también armoniza bien con Marcos 13:26 y Sigs. y Mateo 24:34, los cuales declaran que Su generación (la de Jesús) no pasaría hasta que las hambres, falsos Cristos, terremotos, y otras cosas en el capítulo, se llevaran a cabo.  Jesús vino con poder en la desolación de la nación Judía, revelando la gloria Mesiánica y demostrando Su reinado y gobierno sobre las naciones. 

Un paralelo a Marcos 8:38-9:1 es Marcos 13:26-27,30.  Seis paralelos ocurren en estos dos pasajes.  Ambos usan las palabras “Hijo del Hombre”, “venir”, “gloria”, y “ángeles”.  La “generación adúltera y pecadora” de 8:38 es precisamente la misma como “... no pasará esta generación ...” de 13:30.  La última frase también es paralela a Marcos 9:1 - “hay algunos  de los que están aquí, que no gustarán la muerte ...”  Marcos 9:1 usa la frase “el reino de Dios venido”, mientras que 13:29 dice “está cerca”, pero lo que “está cerca” es el reino de Dios acorde a Lucas 21:31.  En vista de que Marcos 13 es un discurso sobre la destrucción de Jerusalén, Marcos 8:38-9:1 debe referirse también el mismo evento.

De esta manera, reforzado por Marcos 13:26-27,30, el difícil pasaje de Marcos 8:38-9:1 se refiere mejor a la manifestación de Jesús mismo como el Rey victorioso en el momento cuando el Judaísmo religiosa y socialmente corrupto fue derribado por los Romanos en el 70 D.C.  Los hombres que “están aquí” en Marcos 9:1 testificaron el principio del final (Pentecostés), la extensión del reino con poder (a través de Hechos de los Apóstoles) y “algunos” (Marcos 9:1) vivieron hasta la caída de Jerusalén en el 70 D.C. para ver el candelero Hebreo espiritualmente desleal removido de su lugar.

Lucas 12:35-40 amonesta a los discípulos a estar en constante expectativa de la venida de Cristo.  “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; ... Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá” (v.37,40).  A ellos ya les había sido dado el reino (v.32), pero tenían que mantener sus lámparas ardiendo, listas para el retorno inminente del Maestro.  La tribulación que vino sobre Jerusalén vino rápida e inesperadamente.  Véase también Marcos 13:33-37.

Lucas 12:49 declara que Cristo vino para arrojar fuego sobre la tierra.  Este fue probablemente el conflicto y persecución que siguió a la predicación del evangelio.  Esto originó la oposición de los Judíos.  Por causa de esto encontraron la destrucción cuando la ciudad cayó.  Durante Su ministerio Jesús trajo división (v.51).  El paralelo en Mateo 10:34 menciona que trajo una espada, un símbolo de guerra.  En vista de que los perseguidores la usaron sobre los Cristianos, Jesús se volvería en contra de los Judíos cuando Roma vino sobre Jerusalén en el 70 D.C. 

Lucas 12:58-59 es otro llamado para que la nación se arrepienta.  Cualquiera que tuviera la sabiduría para llegar a términos con un adversario antes de ser llevado a la corte, donde el “juez te entregue al alguacil, y el aguacil te meta en la cárcel” (v.58b).  El prisionero no podría ser liberado hasta que pagara su deuda.

La lección para Israel, si es sensato, es que la nación debía regresar a Dios mientras aún hubiera tiempo.  Es esencial buscar la paz con Dios antes que pase el día de la gracia y la misericordia.  Muy al principio en el primer siglo el curso que los Judíos estaban tomando solamente podría resultar en una colisión de frente con los Romanos y el consecuente desastre.  El arrepentimiento habría prevenido a la nación de la caída.  En vista de que los Judíos no actuaron mientras aún estaban en libertad para hacerlo así, el resultado fue su destrucción en el año 70 D.C. por el poder de Cristo a través de Su instrumento, el ejército Romano. 

Lucas 18:1-8 habla de un juez injusto y de una viuda temerosa de Dios.  Aunque ella inicialmente no recibió ayuda de él, en contraste, Dios haría justicia a sus escogidos, que continúan en oración (v.7).  Jesús preguntó luego, “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (v.8).  En otras palabras, ¿los discípulos estarían orando aún y tendrían fe?  O, ¿apostatarían por fallar en permanecer contra la persecución severa por parte de los Judíos injustos durante los años antes de la destrucción de Jerusalén?  Lo que se requirió fue la profunda fe que tenía la viuda – la seguridad de que Dios es un Juez justo.  Jesús demostró Su Judicatura al venir en justa venganza sobre los Judíos apóstatas que lo habían rechazado.

Con respecto a la nación de Israel, en Lucas 19:10 el Señor dijo, “porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.  Jesús repitió las mismas palabras que usó Ezequiel 600 antes con respecto a la apóstata Judá.  En esa primera ocasión Dios dijo que “Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor.  Yo buscaré la perdida ...” (34:15-16a).

En ambos casos Dios había proporcionado un camino de liberación para Su pueblo.  Los Judíos, contemporáneos con Cristo, rechazaron Su restauración y el nuevo pacto y de esta manera encontrarían su destrucción en el 70 D.C., exactamente como los Judíos en los días de Ezequiel encontraron la suya en el 586 A.C.

En la parábola de las minas (Luc. 19:11-27) a los siervos se les dieron talentos para que negociaran hasta que el hombre noble (Jesús) regresara.  Los siervos eran los Cristianos Judíos y Gentiles que deberían dar cuenta de sí mismos (v.15b); existiendo al lado de ellos estaban los ciudadanos.  Pero más tarde aborrecieron al hombre noble, y le enviaron una embajada diciendo “No queremos que éste reine sobre nosotros” (v.14).

Estos eran los Judíos rebeldes que rehusaron el gobierno de Cristo como rey.  Después que los siervos rindieron cuenta de sus negocios, Jesús dijo, “Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí” (v.27).

Al no permitir que el Cristo reinara en sus corazones, los ciudadanos rebeldes experimentarían el terrible castigo que cayó sobre Jerusalén en el 70 D.C.  Estos Judíos fallaron en reconocer Su reinado y gobierno universal.  Eran enemigos de todos los que siguieron el camino de la cruz, persiguiéndolos y matándolos.  El final de aquellos Judíos fue la muerte, y fueron decapitados delante de Cristo con la destrucción de Jerusalén.

En la parábola de los dos hijos (Mat. 21:28-31), a uno de ellos le fue pedido por su padre que trabajara hoy en la viña.  Este hijo decidió no ir, pero más tarde cambió su mente y fue.  El segundo dijo que iría a trabajar pero no lo hizo así.  En respuesta a la pregunta de Jesús acerca de cual hijo hizo la voluntad del Padre, los principales sacerdotes, escribas y ancianos dijeron, “El primero”.

Contestaron correctamente.  Pero el primer hijo representado por los “publicanos y las rameras” entrarían al reino de Dios antes que estos mismos líderes Judíos lo hicieran.  Los publicanos y las rameras dieron un paso hacia el camino de Dios por medio de creer en Juan (v.32).  Eran imperfectos, pero su actitud era mucho mejor que la de los Judíos e Israelitas infieles, personificados en el segundo hijo.

Estos habían sido comisionados por Dios el Padre a la viña de su propiedad para producir la cosecha.  Dijeron que trabajarían en la viña pero fallaron en mantener el trabajo.  Estos principales sacerdotes, escribas y ancianos estaban saturados con el concepto equivocado de que aún eran fieles delante de Dios.  Pero la continua desobediencia los llevó a su destitución de la viña de Dios.  La audiencia no percibió el disfraz de la parábola – que estaba dirigida a ellos.

Mientras Su audiencia estaba aún especulando sobre la identidad de los dos hijos, Jesús les lanza la parábola de los labradores malvados (Luc. 20:9-19; véase también Mat. 21:33 y Sigs.; Mr. 12:1 y Sigs.).  En esta, Dios remueve su favor de los Judíos impíos a causa de su ingratitud y su pecaminosidad y la da a los Gentiles y Judíos reformados.  En el relato de esta historia, Jesús parafraseó otra parábola similar con la cual Su audiencia estaba familiarizada, Isaías 5:1-7.  Claramente, en ambas parábolas, la nación de Israel es la viña.

Un amo de casa arrendó su viña a unos labradores quienes pondrían a producir la propiedad.  Pero cuando el propietario envió siervos a recoger la renta de los labradores, los golpearon, apedrearon y mataron.  Finalmente, el amo de casa envió a su único hijo, su último recurso, para ver si les quedaba alguna gratitud.  Pero los labradores pensaron solamente en matarlo y le echaron fueron la viña para llevar a cabo su plan.

El amo de casa es Dios.  La viña es la Casa de Israel que Dios había plantado en Palestina.  La había cercado alrededor (separado a Israel de las otras naciones) y protegido, y había excavado un lagar en medio de ella – eso es – le había dado Su ley divina.  También edificó una torre, estableciendo de esta manera la Casa real de David.

Los labradores eran la clase gobernante de la nación Israelita – los Fariseos, los principales sacerdotes, los ancianos, etc. – y el hijo es Cristo.  Los siervos son los mensajeros y profetas de Dios enviados a los Israelitas una y otra vez para traer el pueblo a El (2 Reyes 17:13).  Algunos fueron martirizados:  Jeremías fue apedreado, y otros golpeados, acuchillados y aserrados (1 Rey. 19:10; 2 Cr. 24:20-21; 36:16; Heb. 11:36-37).  Esta larga línea de siervos terminó con Juan el Bautista, cuyo asesinato solamente uno o dos años antes aún estaba fresco en sus mentes.

Los Judíos sabían que en el hijo, Jesús se estaba refiriendo a sí mismo, por tanto escucharon atentamente para encontrar algún error con el cual pudieran prenderlo.  En lugar de eso, los Judíos escuchan su propio destino descubierto a medida que Jesús pronunciaba las fuertes palabras que habían sido susurradas en el templo.  Jesús calmadamente procede con el clímax de la historia:  “Y le echaron fuera de la viña, y le mataron ...” (Luc. 20:14).

Siguiendo, Jesús relata las consecuencias de la acción de los líderes Judíos impíos al poner en situación de muerte al Hijo:  “¿        Qué, pues, les hará el Señor de la viña?” (v.15).  La respuesta que vino fue que los labradores miserables eran dignos de la destrucción y que la tierra sería arrendada a otros arrendatarios que serían capaces de pagar los ingresos a tiempo (v.16).

Habiendo asegurado la respuesta deseada, Jesús desafía a los principales sacerdotes, escribas y ancianos con otra pregunta:  “¿Qué, pues, es lo que está escrito:  La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo?” (v.17).  Esto es el Salmo 118:22; los edificadores eran los Judíos, y la piedra es el Cristo que se convertiría en la cabeza del ángulo de Su iglesia (Mat. 16:16; 1 Cor. 3:11).

El cambio de lenguaje es abrupto y violento.  Es ininteligible sin un conocimiento de la metáfora y el símil.  Pero en el enfrentamiento de la multitud hostil, Jesús se traslada de la figura de la cabeza del ángulo a las claras palabras:  “... el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mat. 21:43).  El cambio en el pacto sería en favor de los gentiles (Rom. 10:19; 11:25) y de los Judíos convertidos (Rom. 11:26).

Esta directa declaración golpea a los líderes Judíos como un aguijonazo.  Con la autoridad de profeta, Jesús amenaza la posición política y religiosa de ellos por medio de declarar que la nación Judía era semejante al hijo en la parábola anterior que dijo que trabajaría en la viña pero no lo hizo (Mat. 21:30).

Jesús continuó, “Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará” (v. 44).  El primero de los dos destinos sobre los Judíos ocurrió en su conflicto con Jesús; porque al caer sobre El simplemente serían “quebrantados” – tal como el rompimiento de algunos de sus miembros.  Cualquiera que cayere sobre Cristo tropieza en El como una “piedra de tropiezo” (1 Ped. 2:8; Mat. 11:6; Isa. 8:14-15).  Aunque “quebrantados”, aquellos que tropiezan no serían destruidos completamente.

Pero en el segundo acto, cuando la piedra sobre quien ella cayere, a causa de rechazarlo como la cabeza del ángulo de su casa espiritual, los Judíos serán entonces echados en tierra y desmenuzados como polvo.  Literalmente, serían aventados.  En Daniel 2:35, los pedazos de la imagen derribada fueron desmenuzados, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno.  Similarmente, los Judíos no regenerados serían arrojados como la paja en el bieldo del aventador.

Jesús no deja duda de su depravación.  Históricamente, los Judíos habían sido fieles a la Roca de Israel (Gén. 49:24; Deut. 32:3-4,15,18,30-31; Sal. 19:14; 2 Sam. 22:32; 23:2-3).  También sabían de la interpretación de Daniel de la roca que quebrantaría hasta pulverizar a los reinos de la sucesión Babilónica.  Sabían que Jesús afirmaba ser el Hijo de Dios.  Y muy especialmente, estos Judíos comprendieron que les estaba diciendo que estaban perdidos y que ya habían sido rechazados por Dios y que nunca podrían ser exaltados en el Reino de Dios a no ser que volvieran a Cristo.  Esto no fue lo que ocurrió.

De esta manera, Cristo daría muestras de Su poder sobre estos Judíos rebeldes en juicio, y esto ocurriría en esa misma generación, la cual terminaría con la caída de Jerusalén en el 70 D.C.  La ruina sería deplorable más allá de cualquier otro evento similar.

En la siguiente historia de Mateo, la parábola de la fiesta de bodas (22:1-7), Dios arregló un matrimonio para Su hijo.  Varios siervos (los profetas, Juan el Bautista, varios discípulos) invitaron a los Judíos a la fiesta.  Más tarde otros siervos fueron enviados (apóstoles, evangelistas, otros Cristianos).  Los Judíos no sólo rehusaron ambas invitaciones, sino que algunos trataron a los siervos oprobiosamente y los mataron.

Esto vio el cumplimiento en la persecución de los apóstoles y de otros Cristianos primitivos por los Judíos fanáticos, como está mostrado en Hechos 4:3; 5:18,40; 7:58; 8:3, y otros pasajes en ese libro.  Cuando el Rey escuchó de esto, se enojó, y envió Sus ejércitos y destruyó a aquellos asesinos y su ciudad (v.7).  Para infligir la retribución sobre Jerusalén, Dios a través de Cristo usó a Roma como el instrumento de su destino.  El versículo 9, “Id, pues, a las salidas de los caminos ...” muestra que después todos serían invitados.  Esto fue cumplido cuando a los gentiles se les ofreció el evangelio.

Los primeros eventos que acontecieron durante el curso de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén han armonizado ese punto hasta la decadencia de Israel.  La sanación del ciego  Bartimeo (Mr. 10:46 y Sigs.), un hombre de gran fe que solamente quería seguir a Jesús a Jerusalén, se coloca en fuerte contraste a la ceguera de los líderes de Israel, cuyos ojos permanecieron cegados a la gloria de Jesús..

La entrada humilde de Jesús a Jerusalén sobre el humilde pollino (Luc. 19:41-44) en lugar de en gloria sobre las nubes del cielo, o en un grande y fuerte caballo militar, o aún sobre los pies a horcajadas de otros peregrinos, es una abierta declaración de la indignidad de Israel.  El cabalgar de Jesús cumple Zacarías 9:9-10 y afirma Su condición de rey y señorío de “mar a mar”.  Este acto simbólico apunta al juicio inminente.

El incidente acerca de la higuera estéril (Mr. 11:12-14,20-21) envuelve una advertencia profética del terrible destino que vendría sobre la nación.  Jesús vio una higuera llena de hojas pero sin fruto en ella.  El gran despliegue de follaje era nada sino una pretensión vacía, exactamente como la gloria del templo de oro y mármol y sus ceremonias exentas de la presencia del temor de Dios en el pueblo.  Jesús maldijo la higuera y pronto se marchitó, indicando ese juicio que esperaba a Jerusalén.

Israel no había dado el fruto de justicia requerido por Dios.  “... secado desde las raíces” (v.20) indica la totalidad de la destrucción (Os. 9:6; Ez. 17:9).  Varios profetas del Antiguo Testamento emplearon la figura de la higuera para simbolizar el estado de Israel delante de Jehová (Jer. 8:13; 29:17; Mi. 7:1-6; Joel 1:7,12; Os. 9:10,16).

La destrucción de la higuera apuntaba al juicio de la nación (Os. 2:12; Isa. 34:4).  En Lucas 13:6-9, Israel es descrita como una higuera de tres años que no había sido productiva, pero le sería dada una temporada mas  para dar fruto antes de ser cortada.  Ciertamente, Israel ya estaba en su “cuarto año” y la nación tenía que mostrar su dignidad o ser cortada de los redimidos de Dios.

En medio del incidente la higuera está Jesús con indignación santa y fiera (Mal. 3:3) expulsando a los mercaderes de los precintos del templo (Mr. 11:15-17).  Estas dos historias comentan mutuamente el juicio sobre Israel.

Jesús limpió el templo porque los líderes religiosos habían permitido que la corte se convirtiera en un refugio de ladrones y un mercado para los cambistas y vendedero de palomas.  En respuesta, Jesús citó Jeremías 7:10-11, en el cual Nabucodonosor de Babilonia es visto como el castigador de Dios de la rebelde Judá antes de la destrucción de Jerusalén en el 586 A.C.

El fracaso de las autoridades del templo en respetar la santidad de la corte exterior creó el clima que permitió que el templo fuera tomado por los sacrilegios Zelotes en el 68 D.C. y llevar a la ciudad a la ruina poco después de esto.  La casa espiritual de Dios sería entonces casa de oración para todas las naciones (Isa. 56:7).  Pero el atrevimiento de Jesús en el templo despertó la hostilidad de los principales sacerdotes, quienes después de eso buscaron la forma de destruirlo.

 

La Generación de los Judíos en los Días de Jesús

Un trazado de la palabra “generación” en el Nuevo Testamento enfatiza la profundidad de la degradación y bajeza de los Judíos contemporáneos con Cristo y los apóstoles.  La generación era incrédula y difícil.  Jesús  exclamó, “¡Oh generación incrédula y perversa!  ¿Hasta cuando he de estar con vosotros?” (Mat. 17:17; Mr. 9:19; Luc. 9:41).  La constante manifestación de poca fe por parte de la multitud de Judíos lo hizo enfadarse y entristecerse.

La generación era fundamentalmente falsa hacia Dios e indistinguible de los no regenerados.  Simón Pedro en Pentecostés amonestó a su audiencia a “Sed salvos de esta perversa generación” (Hch. 2:40).  Pablo escribió años después, a poco de una década de la caída de Jerusalén, que en medio de una “generación maligna y perversa” el Cristiano debía ser una luz para el mundo, irreprensibles y sencillos (Fil. 2:15).

“Mas ¿a qué compararé esta generación?” preguntó Jesús retóricamente (Mat. 11:16 y Sigs., Luc. 7:31 y Sigs.).  Eran como niños obstinados en las plazas públicas.  Jesús estaba comparando a los muchachos caprichosos con la actual generación de Judíos que estuvieron insatisfechos con la predicación y estilo de vida de Jesús y Juan el Bautista.  Habían visto muchos milagros y habían escuchado el evangelio del reino predicado pero fallaron en arrepentirse.  Las pecadoras ciudades gentiles de Tiro y Sidón serían mas tolerables en el día del juicio que esa generación de Judíos (Mat. 11:22).

Siendo malos, no podían hablar cosas buenas, y Cristo se dirigió enérgicamente a ellos como engañosos e hipócritas.  Eran una generación de víboras (Mat. 12:34), exactamente como había dicho Juan el Bautista (Mat. 3:7; Luc. 3:7).  Esa generación infiel buscaba una señal (Mat. 12:39; 16:4), volviendo inútil de esta manera toda Su obra.  Era “mala y adúltera”, una expresión similar a la de Isaías en la denuncia de la perversidad de Judá en el 600 A.C. (1:4,21).

De esta manera, Jesús se avergonzaría de ellos cuando viniera en la gloria de Su padre, con Sus santos ángeles (Mr. 8:38).  Nínive que se había vuelto a Dios, se levantaría en juicio contra la generación no arrepentida de Judíos y la condenaría (Mat. 12:41; véase también Luc. 11:32 y Sigs.).  Aún la “Reina del Sur” (¿Arabia?) alabó a Dios (v.42), ella por tanto, “se levantará en juicio con esta generación”.

En la parábola que sigue inmediatamente, Jesús comparó la generación a un hombre demente con siete espíritus inmundos dentro de él (Mat. 12:43-45).  Inicialmente, el hombre albergó sino uno que había sido arrojado durante un tiempo de arrepentimiento pasajero.  Jesús advirtió que retornarían al no regenerado.  Cuando el hombre nuevamente reincidió en el pecado, el espíritu inmundo regresó, trayendo otros siete iguales de inmundos.

La nación Judía después de la crucifixión ilustra adecuadamente cómo los espíritus retornarían a morar dentro del no arrepentido.  A través de la era del evangelio, los Judíos se volvieron aún más impíos que aquellos con quienes Jesús se encontró.  El aumento continuo de la impiedad y el rechazo del evangelio culminó en los espantosos eventos que acompañaron la destrucción de Jerusalén.  El último estado de Israel fue ciertamente mucho peor que el primero.

En Mateo 16:1-4, Jesús anotó que los Fariseos y Saduceos hipócritas podrían leer el significado de las nubes, el aspecto del cielo, pero eran ciegos a los eventos – a las señales de los tiempos – que debían ocurrir ante ellos (véase también Luc. 11:29-30; 12:54-56).  Estos eventos eran que Cristo sufriría, resucitaría, y proveería a Sus seguidores con el poder para predicar el evangelio, y vendría en Su reino en juicio contra ellos.  Todas estas señales eran tan claras como el tiempo, pero fallaron en percibir el significado de las enseñanzas de Cristo.

Jesús concluyó diciendo que “la generación mala y adúltera demanda señal” (v.4).  Era mala porque buscaron destruirlo y adúltera, o infiel, porque abrazaron sus propias tradiciones y doctrinas (Mat. 15:9) mientras sostenían una mera semblanza de los importantes asuntos de la ley de Dios.

Claramente, Jesús estaba confrontando una generación descarriada de Israel.  Los Fariseos, los mas culpables de todos, estaban destinados para la condenación en el infierno (Mat. 23:33).  A través de Mateo 23 Jesús denunció agriamente a los Escribas y Fariseos en su búsqueda de reconocimiento público  y de su ritualismo.

Eran arrogantes pretenciosos, guías ciegos, necios, culpables de toda clase de extorsión y excesos, estaban interiormente llenos de iniquidad e hipocresía, y eran inmundos como si estuvieran llenos de huesos de muertos.  Habían adornado las tumbas de los justos.  Habían “cerrado el reino de los cielos delante de los hombres ...” (v.13); sus prosélitos eran dos veces mas hijos del infierno que ellos mismos (v.15).  No habían cambiado desde los días de Juan el Bautista, a quienes les dijo, “¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Lucas 3:7).  Jesús dijo, “¿Cómo escaparéis ...” (Mat. 23:33).

En Mateo 23:34-39 Jesús entrega otra acusación severa a los Judíos de Su generación y se lamenta sobre la Ciudad a la que Dios siempre había mostrado mucho amor y ternura.  Jesús enviaría maestros y apóstoles que serían asesinados por los Judíos no arrepentidos durante la era del evangelio después de la cruz.  Llegó al punto máximo de Su alocución con esta declaración inicial:  “Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías ... De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación (v.35-36).

Como los Amorreos no fueron castigados hasta que su maldad se colmó (Gén. 15:16), de la misma manera las transgresiones de los líderes de Israel fueron permitidos que se acumularan a través de los siglos hasta la generación de Cristo.  A través de su historia habían tenido una tradición de añadir a las muertes anteriores de los mensajeros de Dios, y ahora Jesús se estaba dirigiendo a los Judíos que serían tenidos como responsables por todos aquellos hechos malignos.  Se llegó al punto culminante cuando la actual generación mató a Jesús.  Dentro de una generación, la venganza reunida irrumpió en los  Judíos con los sufrimientos sin paralelo en el sitio y colapso de Jerusalén.

No obstante, con infinita ternura, Jesús en su última alocución pública llora sobre la Ciudad.  “¡Jerusalén, Jerusalén, ... ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Mat. 23:37).  Jesús habría proporcionado protección maternal,  como una gallina hace con sus polluelos cuando hay tormenta o cuando se acerca un enemigo.  Véase también Isaías 65:2.

La Ciudad había sido advertida para que se arrepintiera por parte de los profetas, incluyendo a Jesús mismo.  Los apóstoles pronto empezarían a predicar “el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47).  Pero su obstáculo para la salvación fue que “no quisieron”.  Como resultado, trajeron sobre sí mismos las terribles calamidades del 70 D.C., porque habían ignorado todas las vías de escape.

Y Jesús concluye de esta manera en el v.38, “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”  (véase también  Luc. 13:34-35).  Mas que solamente el templo, Dios había abandonado al resto de Jerusalén y a toda la nación también.  Pero los discípulos no serían dejados desolados (Jn. 14:18).  Daniel había profetizado hacia mucho que “la consumación decretada” (Dan. 9:27 - Versión Moderna) “sobre el ala de las abominaciones vendrá el desolador” (9:27).

Los invasores Romanos vendrían como destructores sobre una nación impía.  En Mateo 24:15, Jesús se refiere a la “abominación desoladora” de Daniel y la aplica al tiempo antes de la destrucción de la nación.  Finalmente, en el versículo 39, Mateo explica que Cristo sería visto a través de la predicación del evangelio.  Los Judíos rechazarían este mensaje y pronto crucificarían al Señor de gloria, pero El vendría en esplendor dentro de una generación para vengar estas injusticias. 

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