Capítulo Cinco

La Gran Tribulación

 

A través de los primeros veinte versículos de Mateo 24, Jesús relata a Sus discípulos los muchos eventos que acompañarían Su “venida” contra Jerusalén en el tiempo cuando el templo sería destruido.  Con detalle son mencionadas varias señales; muchas de las expresiones de Mateo 24 y sus pasajes paralelos en Marcos 13 y Lucas 21, son encontrados también en las profecías y pasajes apocalípticos en el Antiguo Testamento con respecto a las caídas de naciones y ciudades del pasado.

Jesús declaró que la “abominación desoladora” (v.15), profetizada primero por Daniel (véase 9:27; 12:11) era uno de los eventos que ocurrirían al tiempo de las hambres, terremotos, guerras, falsos profetas, etc. (véase vs.3-11).  Todo esto encontró cumplimiento en los años inmediatamente antes de la destrucción de Jerusalén. Antes de que el enemigo Romano empezara un sitio larguísimo, los discípulos fueron advertidos para que huyeran a los montes (v.16), de prisa (vs.17-18).  Debían orar que su huida no fuera en el frío invierno o en día de reposo, cuando viajar estaría restringido (vs.19-20).

A pesar de esta aplicación local pronunciada a un pueblo específico que podría interpretar las señales, los especuladores premilenarios modernos ignoran los hechos de la historia y aplican todo esto a la generación de Su venida final, en preludio al tiempo del juicio.  El v.21 proporciona el combustible para esa visión:  “Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá”.

Contrario a la teoría premilenaria de asignar ese versículo a la gran tribulación precediendo a la “segunda venida” de Cristo, es la última frase en el versículo, “... desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá”.  Esa frase pide una comparación de las miserias del presente con las pasadas y futuras.  Esto muy ciertamente contempla un periodo después del evento – de que habrían otros sufrimientos, de menos intensidad por cierto, pero otros sufrimientos, no obstante.  Por tanto, el v.22 no puede ser aplicado a la tribulación del fin del tiempo de los premilenarios, porque la teoría no permite alguna tribulación futura.  La referencia al fin del tiempo remueve la declaración de su contexto.

Esta declaración de una tribulación sin precedente nunca igualada o de ser igualada es un ejemplo de lenguaje de juicio hiperbólico encontrado en el Antiguo Testamento.  Cuando Jeremías escribió, “¡Ah, cuán grande es aquel día! que no hay otro semejante a él ...” (30:7), habló de la liberación de Israel de la cautividad a través del juicio sobre las naciones.  Babilonia era su yugo.

En otra ocasión, Joel habló de un día de juicio de Israel por “... un pueblo grande y fuerte; semejante al que no hubo jamás, ni después de él lo habrá en años de muchas generaciones” (2:2).  Mateo 24:21 se ajusta de esta manera al estilo profético de describir como catástrofe sin precedentes el juicio de un pueblo seleccionado.

Mateo expresa esta tribulación – el sitio Romano de Jerusalén y la mayor matanza de Judíos durante los años 66-70 D.C.– dentro de la perspectiva de un evento universal porque todas las naciones serían afectadas al menos indirectamente.  Lucas 21:24 especifica en que consistiría esta tribulación:  “Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones ...”  Durante los cinco años de las Guerras Judías la raza fue casi exterminada.

Josefo, el historiador Judío reporta, “Si finalmente quisiéramos comparar todas las adversidades y destrucciones que después de criado el universo han acontecido con la destrucción de los judíos, todas las otras son ciertamente inferiores y de menos tomo ...” (Las Guerras de los Judíos, Tomo 1, Pág. 13).  Véase Daniel 12:1.  En adición a las narraciones detalladas y gráficas de Josefo acerca del sitio y caída de Jerusalén, Jesús también profetizó una destrucción en masa y violenta de los Judíos especialmente en varios pasajes en Lucas.

En una ocasión los Judíos razonaban con Jesús acerca de ciertos Galileos, que habían sido muertos brutalmente por la espada Romana (Luc. 13:1).  Pilato había mezclado su sangre con los sacrificios de ellos, probablemente cerca a las cortes del templo.  Jesús percibió que los Judíos pensaron que aquellos Galileos debían haber sido muy malos y unos viles pecadores en su distrito.  Pero les dijo rotundamente que su razonamiento era falso (v.2b), y les advirtió que a menos que se arrepintieran experimentarían una muerte violenta.  El cumplimiento llegó cuando los Romanos invadieron Jerusalén en el 70 D.C.

Siguiendo, Jesús les recordó el tiempo cuando las enormes piedras de la torre en Siloé cayo sobre dieciocho personas y aplastó sus cuerpos.  Estos Judíos estaban familiarizados con la tragedia.  Cristo dijo, “¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?  Os digo:  No” (v.4).  Esto no es por lo que murieron.  Luego les prometió la misma terrible destrucción física, a no ser que cambiaran sus corazones.  La mayoría de ellos no se arrepintieron y perecieron de igual manera en la destrucción de Jerusalén.

La parábola de la higuera estéril (vs.6-9). que permite a las advertencias anteriores mostrar que Jesús buscó frutos de arrepentimiento entre ellos.  El v.8 indica que un esfuerzo adicional sería hecho para cambiar a los Judíos.  Esto vio su cumplimiento en la predicación del evangelio durante los varios años después de la cruz.  Finalmente, en el v.9, si el fruto fallaba en materializarse, los Judíos podían esperar morir tan violentamente como aquellos Galileos y los dieciocho en Siloé.  El obvio cumplimiento ocurrió en el 70 D.C. cuando los Judíos fueron asesinados en masa, las casas incendiadas, arrojados por los muros y desde los edificios, y fueron destrozados por las piedras que les cayeron y apilados en las calles.

En Lucas 19:41-44, Jesús lloró y profetizó la tribulación y sitio del 70 D.C.  En medio de las demostraciones de vivas de los gustosos Hosanas de Sus seguidores (v.37-38),  Jesús se lamentó sobre la impía ciudad que sabía que pronto lo mataría.  “¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día ...” (v.42) se refiere a la era de oportunidad y misericordia acordada para los Judíos, pero la mayoría estaban cegados por la incredulidad.  Por medio de aceptarlo y “... lo que es para tu paz” (v.42b), la rebelión contra Roma habría sido impedida y la ciudad dejada intacta.  El pueblo habría ganado la paz terrenal y celestial.

En los vs.43-44, Jesús describe vividamente un antiguo sitio y promete que tales días vendrían sobre Jerusalén.  Las legiones Romanas primero rodearían la ciudad.  Colocarían un vallado de tierra y piedra alrededor de ella, sellándola de esta manera e impidiendo la fuga de las personas dentro de ella.  Ciertamente, esta era la hora onceava para la descarriada nación Judía.  Una vez dentro de la ciudad, los Romanos matarían familias enteras.

Del templo y los edificios asociados, no sería dejada piedra sobre piedra (v.44), algo que Jesús profetizaría más tarde (Mat. 24:2).  El fin del estado Judío fue el resultado del decaimiento social interno y la moral religiosa, excedido por el fracaso de los Judíos en percibir que Jesús era el Cristo – que Dios los estaba visitando y trayéndoles salvación.  Este rechazo trajo consecuencias destructivas.

En el capítulo 21:24 Lucas anuncia la terriblez de la guerra Judía:  muchos caerían a filo de espada, otros serían llevados cautivos, y “Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”.  Aquí, la palabra Griega para tiempos es “kairos” (oportunidad) y no “kronos” que simplemente significa un espacio de tiempo.  Algunos traductores usan “extranjeros” en lugar de Gentiles.

En cinco años de peleas, varios cientos de miles de hijos de Jerusalén perecieron (Josefo exagera por medio de decir que un millón cien mil Judíos perecieron – Guerras de los Judíos, Tomo 2, Libro 7, Cap. 17, Pág. 253), y miles de otros fueron tomados prisioneros y arrastrados a los gentiles en las provincias Romanas, especialmente a Egipto, para una esclavitud de por vida (Ibíd, Pág. 252).

El “hollamiento” enfatiza el total menosprecio de los Romanos para los Judíos y la opresión repartida a la anterior raza escogida de Dios.  Los extranjeros Romanos poseeerían la ciudad.  Los “tiempos de los gentiles” se refiere a la oportunidad de los Romanos de llevar a cabo su misión destructiva.

De esta manera, en Mateo 24:21 Jesús describió la gran tribulación como un tiempo sin precedentes cuando la raza Judía enfrentó el virtual exterminio.  Los especuladores que enseñan que la gran tribulación ocurrirá al final del tiempo se envuelven a sí mismos en una estructura de contradicciones.  El “... ni la habrá” del v.21 implica la ocurrencia de tribulaciones menores después de la “gran”.  Los milenarios también necesitan una respuesta adecuada para la amonestación de Jesús a los discípulos de huir a los montes y orar que su huida de la tribulación no tuviera que ser en invierno o en día de reposo.

Consistente con el contexto, la tribulación fue cumplida durante el tiempo de las guerras Judías, 66-70 D.C., cuando Jerusalén bajo un ataque prolongado fue “hollada” (Luc. 21:24).  El asedio en el 70 D.C. sufrió un hambre terrible, pero los fieles partieron mucho antes de ese asedio final.  Dios contestó su oración para una huida ilesa de miles de Cristianos Judíos fieles a la provincia de Pella, al oriente del río Jordán.

 

“Además de éstos, también el pueblo de la iglesia de Jerusalén recibió el mandato de cambiar de ciudad antes de la guerra y de vivir en otra ciudad de Perea (la que llamaban Pella), por un oráculo transmitido por revelación a los nobles de aquel lugar.   Así pues, habiendo emigrado a ella desde Jerusalén los que creían en Cristo, como si los hombres santos hubiesen dejado enteramente la metrópoli real de los judíos y toda Judea, la justicia de Dios vino sobre los judíos por el ultraje al que sometieron a Cristo y a sus apóstoles, e hizo desaparecer totalmente de entre los hombres aquella generación impía” - (Historia Eclesiástica, Eusebio de Cesarea, Tomo 1, Libro 3, Cap. 5, Par. 3, Pág. 141-142).

 

Josefo y la Gran Tribulación

En sorprendente confirmación de Mateo 24:21, el contemporáneo historiador Judío, Flavio Josefo, describe los horrores del sitio Romano a Jerusalén en la parte final de la primavera y verano del año 70.  Nadie podía salir de la ciudad.  No había granos, trigo o cebada, y hubo un completo saqueo.

 

“Fuéles quitada a los judíos la licencia  y facultad que tenían de salir, y con esto perdieron la esperanza de alcanzar salud ni poder salvarse:  el hambre había ya entrado en todas las casas generalmente y en todas las familias.  Estaban las casas llenas de mujeres muertas de hambre, y de niños, y las estrechuras de las calles estaban también llenas de hombres viejos muertos ...” (Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Libro 6, Cap. 14, Págs. 189-190).

 

Las personas se atormentaban unas a otras por aún un bocado de comida:

 

“Crecía con el hambre la desesperación de los revolvedores y sediciosos, y cada día se acrecentaba mucho estos dos males:  en lo público no había trigo alguno, pero entrábanse por fuerza en las casas y todo lo buscaban y escudriñaban; si hallaban algo, azotaban a los que lo negaban, y si no hallaban cosa alguna, también los atormentaban, como si lo tuviesen encerrado y escondido mas secretamente.  Por argumento y señal que tenían algo escondido, era ver los cuerpos de los miserables, pensando que no faltaba qué comer a los que no faltaban las fuerzas:  los enfermos eran acabados de matar, y parecía cosa razonable matar a los que luego habían de mor de hambre ...” (Ibíd, Pág. 178).

 

Si los partidarios o guerrilleros veían una puerta cerrada, presumían que los ocupantes estaban teniendo una comida.  Instantáneamente tumbaban la puerta, se precipitaban dentro y aún apretaban las gargantas para obligarlos a devolver los bocados de alimento.

 

“... si veían cerrada alguna casa, luego con este indicio pensaban que comían los que estaban dentro, y rompiendo en la misma hora las puertas, se entraban y casi les sacaban los bocados medio mascados de la boca, ahogándolos por ellos” – (Ibíd, Pág. 179).

 

Los locos o maniáticos:

 

“... unas veces atormentaban las partes secretas y vergonzosas de los hombres, otras pasaban por las partes de detrás unas varas muy agudas, y uno padeció cosas espantables de oír, por no confesar que tenía escondido un pan, y por que mostrase un puñado de harina que tenía ...” – (Ibíd, Pág. 179).

 

Otros rastreaban las alcantarillas y viejos declives y se tragaban lo que encontraban allí.

 

“Cuando fué la ciudad cercada de muro, no siéndoles ya lícito ni posible coger ni aun las hierbas, fueron algunos necesitados y forzados a escudriñar los albañales, y se apacentaban con el estiércol antiguo de los bueyes, y el estiércol cogido, cosa indigna de ver, les era mantenimiento” – (Ibíd, Pág. 197; Escritos Esenciales, Pág. 336-337).

 

A medida que el hambre se intensificaba en Jerusalén en ese verano, perecieron familias enteras.  Un silencio profundo y unas tinieblas mortales cubrieron la ciudad.

 

“Estaba la ciudad con gran silencio, toda llena de tinieblas de muerte, y aun los ladrones causaban mayor amargura y llanto que todo lo otro.  Vaciaban las casas, que no erán entonces otro que sepulcros de muertos, y desnudaban a los muertos; y quitándoles las ropas y coberturas de encima, salíanse riendo y burlando.  Probaban con ellos las puntas de sus espadas, y por probar o experimentar sus armas, pasaban con ellas a algunos que aún tenían vida.  Cuando alguno les rogaba que le ayudasen o que acabasen de matarlo, por librarse del peligro del hambre, era menospreciado muy soberbiamente” – (Ibíd, Pág. 190).

 

Después que no hubo mas lugar para las sepulturas en la Ciudad, los cuerpos fueron arrojados desde los muros a los Romanos.

 

“Estos, al principio, con gastos públicos tenían cuidado de hacer sepultar los muertos, no pudiendo sufrir el hedor grande; pero no bastando después a ellos, por ser tantos, no hacían sino echarlos por el muro en los valles y fosos” – (Ibíd, Págs. 190-191).

 

Josefo declara que vio 600.000 cuerpos de pobres arrojados por las puertas de Jerusalén.

 

“¿Qué necesidad hay ahora de contar particularmente las muertes que dentro se hicieron?  Manneo, hijo de Lázaro, habiéndose pasado a  Tito, dijo que por una puerta la cual le había sido a él encomendada en guarda, habían sacado de la ciudad ciento quince mil ochocientos ochenta hombres muertos; desde el día que fué puesto el cerco a la ciudad, es a saber, desde los catorce de abril, hasta el primero de julio.  Este número es ciertamente muy grande, y no estaba él siempre en la puerta; pero repartiendo y pagando a los que sacaban los muertos, habíalos de contar por fuerza, porque los otros que morían eran sepultados por sus parientes y allegados; la sepultura que les era dada, era echarlos fuera de la ciudad.

Además de esto, los nobles que habían huído, decían que era el número de todos los pobres que habían sido muertos, de más de seiscientos mil, y que el número de los otros no era posible decirlo; pero no pudiendo bastar a sacar los muertos pobres, habían sido los cuerpos recogidos en casas muy grandes ...” – (Ibíd, Pág. 197).

 

Muchos que huyeron de los Romanos fueron desangrados y crucificados con completa observación de cada uno dentro de los muros.  Como una horrenda burla, algunos fueron clavados en posiciones difíciles después de primero ser azotados e innecesariamente torturados, puesto que era demasiada la ira y odio de los soldados hacia los Judíos.  Otros se lanzaron al enemigo con sus cuerpos rendidos por el hambre, como si por hidropesía; los Romanos rellenaron de comida sus vientres vacíos sin detenerse hasta que reventaban.

 

“Dábales atrevimiento para salir la gran hambre que padecían ... pues azotados cruelmente después de haber peleado, y atormentados de muchas maneras antes de morir, eran finalmente colgados en una cruz delante del muro” – (Ibíd, Pág. 181).

 

“Mientras tanto, al ir avanzando las obras terreras de Tito, sus tropas apresaban a cualquiera que se atreviera a salir en busca de alimentos.  Cuando eran atrapados, se resistían, y eran torturados y crucificados delante de las murallas como terrible advertencia a la gente en el interior.  Tito se compadecía de ellos –unos 500 eran capturados a diario– pero dejar libres a los capturados a la fuerza era peligroso, y guardar a tales cantidades sería atar las manos de los guardias.  Por su ira y odio, los soldados clavaban a sus presos en diferentes posturas, y era tan grande su número que no se podía encontrar espacio para las cruces” – (Escritos Esenciales, Pág. 333).

 

En una ocasión cuando un desertor fue capturado recogiendo de su excremento monedas de oro (porque se las había tragado antes de salir de la ciudad), se divulgó un rumor que todos los desertores estaban llegando llenos sus vientres de oro.  Los guardas entonces cortaron a los refugiados y escudriñaron sus vientres.  En una sola noche cerca de 2000 fueron rajados.

 

“Entre los de Siria fué hallado uno que sacaba dinero y oro de su cuerpo, porque, según  antes dijimos, se lo tragaban de miedo que los amotinados y revolvedores lo robasen, mirando y buscándolo todo, y hubo dentro de la ciudad gran número de tesoros, y solían comprar entonces por doce dineros lo que antes compraban por veinticinco.  Descubierto esto por uno, levantóse un ruido y fama de ellos por todo el campo, diciendo que los que huían venían llenos de oro:  sabido por los árabes y sirios que había, amenazábanles que les habían de abrir los vientres; no pienso, por cierto, que tuvieron matanza más cruel los judíos entre todas cuantas padecieron, como ésta; porque en una noche abrieron las entrañas a dos mil hombres” – (Ibíd, Págs. 194-195).

 

A medida que el aprieto de Jerusalén se volvía peor, los innumerables cuerpos apilados aquí y allá por toda la Ciudad emitían un hedor pestilencial.  Mientras se hacían los ataques, los soldados Judíos tenían que pisar los cuerpos de miles de deudos en las calles.  Con el hambre penetrando profundamente a través de toda la ciudad, los amigos y miembros de las familias se agarraban a puños los unos con los otros, si era detectado algo para comer.

 

“Las muertes de los judíos cada día iban de mal en peor, encendiéndose los revolvedores cada día más, viéndose cercados con tanta adversidad, pues estaban ya ellos, con todo el pueblo, aquejados del hambre.  La muchedumbre de los muertos que dentro de la ciudad había, era espantable de ver, y daba un hedor muy pestilencial, el cual detenía la fuerza y corridas de los que peleaban; porque eran forzados a pisar los muertos, no menos que si estuviesen en el campo o en la batalla, de los cuales era el número muy grande, y los que los pisaban, ni se compadecían de ello, ni se amedrentaban, ni aún tenían por mal agüero ver la afrenta de los muertos” – (Ibíd, Pág. 199).

 

“... Moría infinita muchedumbre de los que por toda la ciudad se corrompían de hambre.  De esto sucedían muertes infinitas, y muy innumerables:  porque en cada casa adonde se descubría haber algo que comer, se movía gran guerra; y los que eran muy amigos peleaban y venias a las manos, por solo quitar los unos a los otros el mantenimiento:  pues aun no querían dar crédito del hambre y necesidad que pasaban los mismos hombres que morían; antes a los que veían que se les salía el alma, iban escudriñando los ladrones, por que no muriese alguno por ventura escondiendo lo que tenía para comer en su seno” – (Ibíd, Pág. 223).

 

Como perros hambrientos, malhechores tropezaban en las calles, repujaban las puertas como borrachos; en su estado de desesperación a menudo irrumpieron en la misma casa dos y tres veces en una hora.  Clavaban sus dientes a cualquier cosa – aún a las sucias correas y raídos zapatos, al heno viejo y podrido, y también al cuero de sus escudos.  Las personas empezaron a devorarse unas a otras en completo canibalismo.

 

“Y la esperanza que de hallar algo tenían, con la hambre grande que como perros muy hambrientos padecían, los engañaba y hacían fuerza a las puertas, como si estuvieran borrachos, y entraban una y otra vez a buscar y escudriñar una misma cosa, como ya desesperados, y la necesidad grande que padecían les hacía a sus bocas buena toda cosa; y recogiendo todo lo que sucios animales no quisieran comer, ellos mismos lo comían.

No dejando finalmente de ejecutar su hambre en las correas y zapatos, y quitaban a los escudos sus cueros y se los comían.  Tenían también por mantenimiento, el añejo y podrido heno ... ¿Qué necesidad hay ahora de declarar ni contar la hambre que padecían, diciendo que comían las cosas sin ánima y sin sentido?” – (Ibíd, Págs. 223-224).

 

Josefo dice de una madre, robada de todo por los saqueadores, que puso mano sobre su propio bebé.  Es reportada diciendo:

 

“... Ya que vivas, has de ser puesto en servidumbre debajo de los romanos, y los tuyos son aún más crueles que éstos.  Sírveme, pues, a mí con tus carnes de mantenimiento ...

... Diciendo esto mató a su hijo y coció la mitad, y ella misma se lo comió, guardando la otra mitad muy bien cubierta.  Los amotinados entran en su casa, y habiendo olido aquel olor tan malo y tan dañado de la carne, amenazábanla que luego la matarían si no les mostraba lo que había aparejado por comer.  Respondiendo ella que había aún guardado la mayor parte de ellos, entrególes lo que le sobraba del hijo que había muerto.  Ellos viendo tal cosa, les tomó un tan temeroso horror y perturbación, que perdieron el ánimo con ver cosa tan perversa y tan nefanda.  Dijo, empero, la mujer:  Este, pues, es mi hijo y ésta es mi hazaña:  comed vosotros, porque yo ya he comido mi parte ...” – (Ibíd, Pág. 225).

 

Ante esto, los hombres salieron temblando –

 

“Amedrentados ellos sólo por haber visto cosa tan fiera, saliéronse temblando, aunque apenas pudieron dejar que la madre sola se hartase de esta vianda” – (Ibíd, Pág. 225).

 

En medio del alboroto de los soldados Romanos moviéndose alrededor y gritando mientras conquistaban las secciones inferiores de la ciudad, los Judíos prendieron fuego a algunas de sus propias edificaciones.  Los agresores se movieron rápido, hurtando los objetos de oro, dinero, vestidos y otros artículos preciosos de los almacenes y casas.  Cada soldado saqueo tanto que se dijo que el valor del oro había caído a la mitad.

 

“... pero cuando la puerta estuvo llena de aquella gente que había subido, los judíos pusieronla fuego; y levantada la llama súbitamente por todas partes, los romanos, aun aquellos que estaban fuera del peligro, fueron muy espantados, y los que eran presos dentro del fuego, desesperaban:  porque cercados de fuego y de llamas, los unos se echaban atrás en la ciudad; otros en medio de los enemigos; muchos, confiando de esta manera para salvarse, echábanse en los pozos y luego perecían; otros, trabajando por defenderse, eran tomados del fuego; otros se mataban ellos mismos con sus armas antes de ser abrasados con el fuego, estaba ya el fuego tan encendido y tan derramado, que aun a los que huían alcanzaba” – (Ibíd, Pág. 221).

 

“... pero los judíos en lugar de paz deseaban la guerra; y por concordia, sedición y revuelta; por artura y abastecimiento, hambre; que habiendo ellos con sus propias manos comenzado a quemar el templo, el cuál él les había guardado ...” – (Ibíd, Pág. 225).

 

“... pero hurtaron tanto los soldados, que no valía en Siria un peso de oro sino la mitad de lo que antes solía valer” – (Ibíd, Pág. 239; Escritos Esenciales, Pág. 248).

 

Sin ninguna piedad o clamor de emoción, clavaron sus espadas indiscriminadamente en cualquier enemigo vivo – aun mujeres desarmadas, niños y débiles ancianos.  Pronto el piso no podía ser visto en medio de los cuerpos.  Dice Josefo –

 

“Mientras el templo ardía, los vencedores robaron todo aquello sobre lo que pudieron echar las manos, y degollaron a todos los que encontraron.  No se mostró compasión para nadie, ni por edad ni por distinción, viejos o niños, los laicos o los sacerdotes: todos fueron muertos ... la tierra estaba tapada por los cadáveres, y los soldados tenían que trepar sobre los montones de cuerpos en su persecución de los fugitivos ...” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 347; Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Libro 7, Cap. 11, Pág. 233).

 

“... derramados, pues, por las estrechuras de las calles y plazas, con las espadas desenvainadas, mataban sin hacer diferencia alguna a cuantos hallaban ... antes matando a cuantos delante les venían, y llenando las calles angostas de muertos, manaba toda la ciudad sangre, de tal manera, que gran parte del fuego se mataba con la sangre que de los muertos corría:  de noche cesaba el matar y crecía el fuego” – (Las Guerras de los Judíos, Pág. 251).

 

Entre las últimas edificaciones en ser capturadas estaba el Palacio Real.  Allí los Judíos partidarios buscaron refugio y la matanza fue estimada de unos 8400 deudos que se habían reunido en la edificación.

 

“Los rebeldes se precipitaron ahora al palacio real [de Herodes, en la ciudad alta] donde muchos habían depositado sus riquezas, batieron a los romanos, y mataron 8.400 personas que se habían reunido allí ...” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 349; Las Guerras de los Judíos, Pág. 244).

 

En cualquiera de las calles o en las casas que caían rápidamente los Romanos, encontraban cuartos llenos con los cuerpos producto de la inanición.  Otros Judíos ocultándose en las alcantarillas fueron presas fáciles, y el piso fue roto en busca del enemigo.  Todos ellos sufrieron una muerte violenta (Las Guerras de los Judíos, Pág. 254).

Este sufrimiento infligido por los Romanos y la contienda sangrienta de los revolucionarios es ciertamente la gran tribulación que Jesús predijo en Mateo 24:21, porque nada mas en el registro se iguala a la miseria, violencia, el salvagismo, y desenfrenada destrucción de las Guerras Judías.  La confusión, la demencia de los revolucionarios y líderes Judíos, el asedio despiadado de los Romanos que trajo el hambre, la pestilencia, y el desespero, las contiendas entre y dentro de las familias Judías y el asesinato y hurto por parte de los soldados Romanos enfurecidos – todo esto combinado trajo la guerra mas cruel y sangrienta en los anales del hombre.

Originalmente, Tito intentó matar de hambre a los moradores de la ciudad para que se rindieran y capturar intactos los templos y santuarios gloriosos.  Esta era la costumbre del general Romano.  Pero la obstinación de los soldados Judíos lo obligó a ejercer presión y destruir paso a paso la ciudad, casa por casa.

 

“A la mañana siguiente Tito ordenó que se apagara el fuego y que se hiciera un camino a las puertas para facilitar la entrada de las legiones.  Luego llamó a sus generales para debatir la suerte que debía correr el templo.  Algunos querían destruirlo en el acto, porque sería un foco de rebelión judía.  Otros aconsejaron que si los judíos salían del templo, que fuera preservado, pero que si lo empleaban como fortaleza lo quemaran.  Pero Tito declaró  que, sucediera lo que sucediera, una obra tan magnífica como el templo debía ser preservada, porque siempre sería un adorno del imperio ...” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 345; Las Guerras de los Judíos, Págs. 228-232).

 

Finalmente el templo mismo fue incendiado, posiblemente por accidente.  El oro en los techos se derritió y fluyó por las hendeduras y junturas de los morteros y aún hasta los fundamentos de las piedras.  Tito ordenó entonces que estas piedras que sostenían el templo por debajo se rompieran.  En la extracción del oro, todo fue desalojado, raspado el lugar y derribado (Las Guerras de los Judíos, Pág. 255-256).  Hoy día, ni una sola piedra del templo puede ser identificada como parte de lo que una vez fue el gran edificio.  La gran profecía de Jesús del magnífico templo de Herodes, “... no quedará aquí piedra sobre piedra ...” (Mat. 24:3), fue cumplida explícitamente.

 

La Gran Tribulación – Continuación

Mateo 24:21, el cual profetizó de una tribulación sin precedente que vendría sobre los Judíos, cubre todo el período de las Guerras Judías, 66-70 D.C.  En Jerusalén hubo matanzas en grande a través de las contiendas internas y escasez de alimento.  Los invasores Romanos demolieron las magníficas edificaciones de la ciudad, arrojaron los cuerpos desde las torres y muros, crucificaron a muchos otros, saquearon y mataron a miles en las calles y en las casas, y llevaron a un número incalculable en cautiverio.

Con respecto a ese tiempo, Jesús dijo, “Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo” (v.22). Los “días” incluye las varias ocasiones de las facciones Judías peleando y las tres ocasiones en las Guerras Judías cuando Jerusalén fue asediada y acosada por los Romanos.  Mientras los Judíos son los protagonistas del discurso, este versículo declara  que un largo asedio habría exterminado indiscriminadamente a Cristianos y Judíos incrédulos.

Fue una bendición que nuestro Señor diera la victoria a los Romanos más pronto de lo que pudieran haberlo obtenido de otra manera.  Si el asedio hubiera continuado por mas tiempo la guerra se habría extendido por toda Palestina y aún los Cristianos habrían sufrido.  Aún Tito (el general Romano) reconoció esto como un acto de Dios.

 

“Cuando Tito entró en la ciudad, quedó atónito ante su fortaleza, y especialmente ante las torres que los tiranos habían abandonado.  En realidad, cuando vio su altura y las proporciones que tenían, y el tamaño de cada inmenso bloque, exclamó: ‘En verdad que Dios estaba con nosotros en esta guerra, habiendo sacado a los judíos de estas fortalezas, porque, ¿qué podrían hacer contra estas torres ni las manos ni las máquinas’?” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 351; Las Guerras de los Judíos, Págs. 251-252).

 

Puesto que los Romanos matarían todo, Jesús añade, “mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (v.22b).  La oportunidad providencial para huir en busca de seguridad por parte de los Judíos Cristianos no habría sido posible, a no ser que los días del asedio y tribulación fueran acortados.

El versículo 22 inicialmente vio el cumplimiento cuando las tropas Romanas bajo Cestio Galo vinieron sobre Jerusalén en Noviembre del 66.  Marcharon a la Ciudad, prendieron fuego a los suburbios, y entraron en la Ciudad Alta, acampando en frente del Palacio Real.  En esa ocasión, muchos de los fieles de Dios estuvieron atrapados en el asedio del área del templo, con los Romanos estacionados cerca a los mismos muros del templo.

 

“Cestio prosiguió luego hacia Jerusalén, interrumpiendo a los judíos la celebración de la fiesta de los Tabernáculos ... Cestio, aprovechando la disensión, atacó y esparció a los judíos persiguiéndolos hasta Jerusalén.  Durante tres días suspendió las operaciones, esperando recibir una respuesta de rendición, pero al cuarto día condujo sus tropas contra la ciudad.  Los rebeldes, asombrados por la disciplina de los romanos, abandonaron los suburbios y se retiraron a la ciudad interior y al templo.  Cestio tomó la ciudad alta y acampó delante del palacio ...” – (Los Escritos Esenciales, Págs. 273-274; Las Guerras de los Judíos, Tomo 1, Págs. 279,281).

 

La providencia de Dios intervino entonces.  Josefo dice de Cestio:

 

“Si en aquel momento hubiera forzado la entrada en las fortificaciones, la ciudad habría caído y la guerra terminado” - (Los Escritos Esenciales, Pág. 274; Las Guerras de los Judíos, Tomo 1, Pág. 281).

 

Pero su jefe de estado mayor y varios capitanes de la caballería habían aceptado sobornos de uno de los líderes de una secta Judía para hacerlo desistir del intento.

 

“... Pero el prefecto de su campamento, Tirano Prisco, sobornado por Floro para prolongar la guerra, lo desvió de este intento” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 274).

 

“... mas Tirannio, que era general, y Prisco y muchos otros capitanes de la gente de a caballo, corrompidos por dineros que les dió Floro, estorbaron la empresa de Cestio ...” – (Las Guerras de los Judíos, Tomo 1, Pág. 281).

 

Josefo concluye:

 

“... Si tan sólo hubiera persistido en el asedio habría tomado la ciudad.  Pero por la razón que fuera Cestio llamó repentinamente a sus tropas y se retiró de la ciudad ...” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 274; Las Guerras de los Judíos, Págs. 282-283).

 

A medida que los Romanos se retiraban, los Cristianos Judíos dejaron la ciudad porque sabían que los Romanos regresarían en cualquier momento – su desolación o destrucción se había “acercado” (Comp. Luc. 21:20).  [Cuando Jesús anunció que el reino de Dios se había “acercado” en Mr. 1:15, se presentó el cumplimiento solamente varios meses después con el poder desplegado en los milagros de Jesús y de aquellos discípulos – y tres años más tarde – al enviar el Espíritu Santo y al formar la congregación de creyentes espirituales de Dios, la iglesia).

En vista de la actividad Romana, a los Judíos creyentes les fue dada la oportunidad de obedecer la instrucción de Jesús de huir de la ciudad (Mat. 24:16) porque este asedio sería iniciado de nuevo.  Porque estos serían los días cuando Jesús haría justicia, “porque estos son los días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas” (Luc. 21:22; véase también Jer. 46:10).  Estos escritos eran los rollos de los profetas Hebreos y las copias de los evangelios, incluyendo el de Mateo que para entonces había estado circulando por al menos dos décadas.  También, los discípulos recordarían las declaraciones de Jesús de estas profecías (Mat. 24; Mr. 13; Luc. 17,19,21).  Josefo declara que después de la partida de Cestio –

 

“Después de las desdichas de Cestio, muchos nobles de los judíos salían poco a poco de la ciudad, no menos que de una nave que está en manifiesto peligro de perderse” – (Las Guerras de los Judíos, Tomo 1, Pág. 285).

 

Un asedio Romano similar y retirada providencial ocurrió menos de dos años después, en el verano del 68, por parte de Vespasiano.  El también cercó la ciudad en cada muro después de saquear el campo en todas direcciones.  Los discípulos dentro de la Ciudad estaban atrapados de igual manera.  Pero cuando Vespasiano recibió las noticias de que Nerón había sufrido un fin violento, aplazó su expedición contra Jerusalén, esperando ver ansiosamente quién sucedería en el imperio de Nerón.  Este probó ser Galba.

 

“Mientras Vespasiano estaba preparándose para marchar contra Jerusalén, le llegaron las noticias de la muerte violenta de Nerón, por lo que pospuso su expedición y esperó ansiosamente para saber quien iba a ser el nuevo Emperador.  Cuando oyó que Galba había asumido el puesto de emperador, le envió a su hijo Tito para recibir sus órdenes acerca de los judíos, y Agripa embarcó con él” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 310).

 

Acampando en las afueras de Jerusalén, Vespasiano se abstuvo de una actividad militar adicional, esperando recibir una nueva directiva de Roma.

 

“Vespasiano, pues, alargaba y difería la guerra con los de Jerusalén, esperando a quién elegirían por emperador después de Nerón:   mas después que supo que Galba imperaba, no hacía cuenta de nada, antes tenía muy determinado no fatigarse ni trabajar en algo sin que el dicho de Galba le escribiese primero sobre las cosas de la guerra.  Todavía le envió a su hijo Tito para darle el parabién, y que supiese lo que mandaba que hiciese de la guerra que con los Judíos tenía comenzada” – (Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Pág. 102-103).

 

Pero siete meses después el nuevo emperador, Galba, fue asesinado, y Otón ascendió al trono.

 

“... aconteció que Galba fué muerto después de siete meses y otros tantos días que era emperador.

Sucedióle Othón en el imperio, y gobernó la república tres meses” – (Ibíd, Pág. 103).

 

En el intermedio, Vespasiano andaba errante por los campos, quemando los pueblos y granjas y matando soldados y civiles de igual manera. 

Las tres facciones Judías en la ciudad cometieron todo crimen imaginable, matando a sus cautivos aún a plena luz del día, como si fueran multitud de animales inmundos.  Las casas fueron saqueadas y las personas asesinadas a la vista de todos. 

En Roma, el emperador Otho duró sino tres meses y fue sucedido por Vitelio, Vespasiano aplastó toda oposición en las vecindades de Jerusalén.  La inestabilidad reinaba en Roma y todo estaba en un ebullición.  Manteniendo su mira sobre la política incierta de Roma, Vespasiano se detractó de la guerra contra Jerusalén.

Ocho meses después Vitelio fue acuchillado.  Vespasiano fue entonces proclamado emperador, y partió desde Judea.  De esta manera se convirtió en el quinto gobernante Romano dentro de un período de 30 meses (Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Págs. 112-114).   Todo esto cumple ampliamente Mateo 24:6-7, “Y oiréis de guerras y rumores de guerras ... porque se levantará nación contra nación ...” – una señal precediendo a la destrucción de Jerusalén.  Cualquier Cristiano perspicaz que estuviera aún en la ciudad, no se demoraría en partir.

¿Qué aconteció para estas retiradas?  ¿Estaba Dios protegiendo a Su pueblo?  En ambas oportunidades había empezado un asedio, y cada vez los eventos externos impidieron una captura de la ciudad.  Ciertamente, como lo declara el versículo 22, los días fueron acortados por causa de los elegidos de manera que pudieran huir, cumpliendo la profecía, porque los Cristianos medrosos estarían atrapados con los Judíos rebeldes y corruptos.

Dios usó medios naturales para proporcionar una vía de escape de Su pueblo.  Esto cumplió la promesa de Dios registrada por Daniel, de este evento:  “... y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces, pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo ...” (12:1).  Joel profetizó del mismo evento que habrían aquellos que escaparían, añadiendo “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo ...“ (2:32).  El rey Jesús intervino en beneficio de Sus fieles en Jerusalén quienes oraron por socorro y meditaron en las Escrituras.  No obstante, la necesidad de infligir venganza sobre la generación desobediente de los Judíos tenía que ser cumplida, y esa parte del plan de Dios continuó.

Con su supremacía establecida en Roma a principios del 70 D.C., Vespasiano dirigió nuevamente su atención a la campaña Judía.  Envío entonces a su hijo, Tito, con lo escogido de su ejército para sitiar a Jerusalén y destruirla.  La victoria Romana llegaría al final del verano.

 

Las Aguilas y el Cuerpo Muerto

Cuando el año 70 se asomó Judea había experimentado cuatro años de guerra, incluyendo dos intentos por parte de los Romanos de capturar Jerusalén.  En la primavera de ese año los Romanos bajo el General Tito empezaron a marchar hacia Jerusalén para colocar el sitio hasta que efectuaran una rendición.  Mientras tanto, durante los mismos cuatro años, tres facciones estaban en guerra en la Ciudad, dice Josefo:

 

“... aconteció que la revuelta y levantamiento que había en Jerusalén se partió en tres parcialidades, de tal manera que los unos venían contra los otros; ... había muchas arremetidas y escaramuzas, echábanse muchos dardos, de manera que el templo estaba lleno de hombres muertos ... Con los naturales que había muertos, había también muchos extranjeros mezclados, y con los sacerdotes, muchos también de la gente profana; y lo que solía ser antes lugar divino, era hecho con la sangre que de los muertos había, estanque de diversos cuerpos muertos ... Aconteció, pues, a la postre, que todo lo que había alrededor del templo fué quemado, y fue hecha la ciudad plaza o campo para pelear los mismos naturales y ciudadanos de ella; ... El pueblo estaba dividido en tres partes, no menos que si fuera un cuerpo grande, siendo combatida la ciudad, parte por los bellacos y traidores que entre ellos había, y parte también por los vecinos y gente que cerca moraban ... No respetaban ya los vivos a sus naturales y domésticos, ni se ponía diligencia en sepultar a los muertos ... Los sediciosos y revolvedores de la ciudad, allegados los cuerpos muertos en uno, pisándolos peleaban; y tomando mayor atrevimiento por ver tantos muertos y todos debajo de sus pies, mostraban mayor crueldad ...” – (Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Libro 6, Cap. 1, Págs. 123-127).

 

Esto incapacitó el esfuerzo militar contra los Romanos.  No obstante, Tito necesitó todo el verano para subyugar la Ciudad.  Su asedio, el mismo corazón de la “gran tribulación” de Mateo (24:21), fue mucho mas largo que el de Cestio o Vespasiano.  Ciertamente, si el número de los días del asedio y la contienda Judía interna no hubiera sido acortada providencialmente, la raza Judía habría sido borrada.  Pero Dios dijo que nunca serían traídos a un fin completamente (véase Jer. 30:11; 46:28).

Mateo 24:23-26 habla de como los falsos Cristos, introducidos indefinidamente en el v.5, aparecerían antes y durante el asedio.  La palabra “entonces” enlaza a los impostores con el tiempo de angustia y zozobra del v.21.  Pretendiendo ser enviados de Dios y arrogándose el título de Mesías, simularían milagros e impondrían señales y maravillas fraudulentas entre sus deudos, exactamente como otros lo habían hecho durante las desgracias nacionales en otros días.  Los engañadores aparecieron al tiempo de los asedios previos de Jerusalén en el 586 A.C.  (Jer. 23:16 y Sigs.; Ez. 22:25-31).

Específicamente, los falsos Cristos pudieron ser ya sea falsos profetas que permanecerían apartados en las áreas deserticas o en cámaras secretas antes y durante el asedio, o alegando reportadas apariciones del verdadero Cristo.  En medio de los tiempos de gran desasosiego y tribulación, naturalmente podrían circular rumores de que El había de venir.  Los discípulos fieles (2 Timoteo 3:9) podrían discriminar entre lo genuino y lo espureo a quienes pudieran usar las mismas palabras de Cristo mientras engañaban con maravillas.  Josefo escribió que durante el asedio un falso profeta persuadió a 6000 personas para que entraran al templo a ver las señales de liberación, y todos perecieron.

 

“Los romanos incendiaron ahora todos los edificios contiguos, los restos de los pórticos y de las puertas, y las cámaras del tesoro, donde se habían situado inmensas cantidades de dinero.  Luego pasaron al único pórtico que quedaba en pie en el atrio exterior, donde habían buscado refugio 6.000 mujeres y niños.  Se habían reunido allí a causa de un falso profeta, que les había dicho que Dios les mandaba ir al templo, donde recibirían garantías de liberación.  Antes que César hubiera decidido qué hacer con esa gente, los soldados prendieron fuego a esta columnata, y no escapó nadie” – (Los Escritos Esenciales, Pág. 347; Las Guerras de los Judíos, Tomo 2, Págs. 234-235).

 

El v.27 declara que la venida del Hijo del hombre sería como el destello del relámpago a través del cielo.  De esta manera Su presencia sería sentida por todas partes.  La “venida es parousia “presencia”, como en el v.3 (véase las notas previas allí), e indica la visitación divina de Jesús, cumplida en el acercamiento de los ejércitos Romanos.  El relámpago  indica una demostración rápida del poder y lo inesperado de los eventos que traerían destrucción.

La frase “la venida del Hijo del Hombre” en el v.27 es traducida en Lucas 17:24 – “así también será el  Hijo del Hombre en su día”.  Estas declaraciones paralelas muestran que Cristo debe estar presente en la venganza contra Sus contemporáneos Judíos – los de Su generación – como se declaró enfáticamente en Lucas 17:25.  Entre los versículos 27 y 28 de Mateo, Lucas inserta observaciones adicionales acerca de lo inesperado de la destrucción y calamidad.  La narrativa reune en Mateo 24:28 y Lucas 17:37, lo que se dice de las águilas y el cuerpo muerto.

Lucas 17:22-37 confirma la posición de que todo el capítulo 24 de Mateo está tratando con la destrucción de Jerusalén – y no con el fin del mundo.  El versículo 22 dice que ellos, los Judíos, desearían ver uno de los días del Hijo del Hombre”, mostrando que ellos entendían el principio del juicio divino contra las naciones, excepto que esperaran verlo contra los Romanos.  No verían este, esa no era la naturaleza del reino (vs.20-21).  Por tanto, vemos claramente que Jerusalén está bajo discusión en el v.22.  Luego, el v.24 es incuestionablemente esa misma destrucción a medida que habla de la venida resplandeciente en el día del Hijo del Hombre.1 

Lucas 17:26-36 suministra dos ilustraciones que explican cómo sería cuando el Hijo del Hombre se manifestara.   (Esta “manifestación” es lo mismo como Su “venida” o presencia).  Sería como en el tiempo de Noé y como en los días de Lot.  Antes que describir las condiciones de la tierra en esta venida, estas historias demuestran lo inesperado de Su venida.  Las advertencias serían desatendidas y despreciadas.  (La historia de Noé también está en Mateo 24:37-38).

Lucas 17:31 amonesta a las personas “en aquel día” (el día de tribulación cuando el Hijo del Hombre es manifestado) para dejar la Ciudad de prisa, sin demora:  aquellos en las azoteas no debía recuperar los bienes que tenía en casa antes de huir, y aquellos en los campos de igual manera no debían regresar a la casa.  (Estas amonestaciones también están en Mat. 24:17-18).  Cuando vieran los batallones Romanos en completa marcha, no era momento para empacar los bienes y ropa.  La vigilancia constante era esencial (Mat. 24:42-44), porque los objetos temporales no serían de interés cuando la protección tenía que ser asegurada a cualquier precio.

Lucas 17:34-36 habla de las calamidades que sucederían en la manifestación del Hijo del Hombre:  el acto de Dios tomando un hombre de dos en una cama, una mujer de dos  moliendo juntas, y un hombre de dos trabajando en el campo (véase también Mat. 24:40-41).  De esta manera, el discípulo fiel que creyó en las advertencias de Jesús reconoció las señales y huyó a la seguridad en las montañas al oriente del Río Jordán, mientras que los Judíos incrédulos al lado de él sería dejado para perecer en el asedio.  Uno escapa providencialmente (Dios lo cuida de la tribulación), mientras que el otro es muerto o llevado en cautiverio.

El proverbio en Mateo 24:28 y su pasaje paralelo en Lucas 17:37 – “Donde estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán también las águilas”, culmina el pensamiento de los versículos anteriores en ambas narraciones.  La imagen es de un enemigo cayendo sobre su víctima.

Como un ave de presa poderosa, la magnífica águila desciende y agarra con increíble velocidad a su víctima.  Sus ojos ven carroña desde alturas y distancias fantásticas.  Su fortaleza y rapacidad desgarran a sus víctimas.  Para indicar la rapidez, poder y crueldad fiera de los Babilonios, los profetas emplearon el águila como un emblema adecuado del enemigo de Judá (Jer. 4:13; 48:40; Lam. 4:19; Os. 8:1; Hab. 1:8).  El águila en Ez. 17:3  indica a Babilonia como una nación de gran dominio; similarmente Moisés habló del enemigo de Israel como una nación de semblante fiero como un águila viniendo de lejos (Dt. 28:49).

En Mateo 24:28 las águilas son las legiones Romanas y Jerusalén es el cuerpo muerto para ser devorado.  El lenguaje figurado es apropiado, porque la nación estaba vacía y espiritualmente muerta.  Debía ser desolado (Mat. 23:38) y sentenciada a la destrucción Mesiánica.  De esta manera, donde estuviere el cuerpo muerto Cristo vendría con venganza.  Es una venida figurativa de juicio sobre la perversa nación Judía, a través del ejército Romano.

En el 70 D.C., los Romanos literalmente “pulularon” como águilas sobre la decadente Judea para saquear y devastar la tierra.  En los tiempos del Antiguo Testamento la nación Judía disfrutó de la protección y cuidado providencial de Dios, y el águila ejemplificaba esto.  Dios había llevado a los Israelitas fuera de Egipto sobre alas de águila (Ex. 19:4; Dt. 32:11; véase también Isa. 40:31).

En vista de que los Judíos y Griegos no distinguieron entre las águilas y los buitres, llamaban a ambos con el término genérico “águila”.  Pero las águilas consumen carne muerta, si ocurre que la detectan.  Job declara que el águila “¿Se remonta el águila por tu mandamiento, y pone en alto su nido?  Ella habita y mora en la peña, en la cumbre del peñasco y de la roca.  Desde allí acecha la presa; sus ojos observan de muy lejos.  Sus polluelos chupan la sangre; y donde hubiere cadáveres, allí está ella” (Job 39:27-30).  La última frase es similar a Mat. 24:28 - donde hubiere cadáveres (cuerpo muerto), allí está ella (el águila).

Para el 66-70 D.C. Jerusalén como toda la nación Judía era un cuerpo putrefacto adecuado para la remoción inesperada y eficiente, como lo hace un águila con un cuerpo muerto.  Con total sorpresa los discípulos preguntaron, “¿Dónde, Señor?” (Luc. 17:37).  Querían conocer la localización de las calamidades de Mateo 24:22-28 y Luc. 17:22-36.  Estaban estupefactos, como si dijeran, “¡Ciertamente no es en Jerusalén o en Judea!”

Por medio de encontrar el cuerpo muerto, la pregunta de los discípulos sería contestada.  Entenderían luego por qué el águila volaría precipitadamente hasta allí, porque la destrucción era segura.  Ciertamente, en el 70 D.C., las voraces águilas (el ejército Romano) distinguieron la presa, descendieron y la agarraron y devoraron la víctima (Jerusalén), y se fueron volando dejando nada sino huesos blancos alisados.

 

Anotaciones al Pie

1El León y el Cordero en el Planeta Tierra; Primera Edición, Rodney M. Miller, Pág. 177. 

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