MATEO 24

Por Jaime Restrepo-Montoya
Copyright Junio 14, 2000

 

 

 


Introducción
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En la anunciación de Jesús, el ángel Gabriel dijo a María que el niño que concebiría “... será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Luc. 1:32-33).

En el primer Pentecostés después de Su resurrección (Hechos 2), Jesús cumplió este pasaje por medio de iniciar Su gobierno desde el cielo donde está sentado en el trono de Dios.  Cristo Jesús aún continúa reinando sobre Su reino.  El pueblo de Su pacto son aquellos que han sido llamados fuera del mundo de las tinieblas y servicio a Satanás al mundo de la luz maravillosa donde hay comunión con Dios.

El “reino” así mencionado por Lucas significa lo mismo como “reinar”, exactamente como las palabras “para siempre” y “no tendrá fin” son idénticas en concepto.  La exposición de estos términos son sinónimos a través del paralelismo.

La declaración de Lucas y el cumplimiento en Pentecostés son la culminación de varias verdades proféticas maravillosas que los hombres santos habían pronunciado por siglos.  En ese gran día del “principio” (Hch. 11:15), cuando el Espíritu Santo fue manifestado, Pedro y los otros apóstoles empezaron a predicar el hecho fundamental de que Jesús había sido resucitado de los muertos para sentarse en el trono de David (Hch. 2:30,36) porque Dios lo había exaltado en gloria (Juan 7:39), majestad y esplendor para residir a Su diestra como Príncipe y Salvador.

Por casi dos mil años desde ese gran día, Jesús ha sido Rey de reyes y Señor de señores, tanto en el cielo como en la tierra, desplegando Su autoridad sobre ángeles y toda otra criatura.  Es el juez de todo, lo vivo y lo muerto, lo visible e invisible.  Todos los seres están sujetos a Su reinado – ¡todo!  Continuará reinando hasta que todos los enemigos sean colocados debajo de Sus pies, el último de los cuales es la muerte (1 Cor. 15:24-26).

En oposición a estas verdades, hay teorías que intentan establecer el reino más tarde que el tiempo cuando la Biblia declara que empezó Su reinado desde el cielo.  Esta teorías premilenarias en formas variadas proponen la idea de un reino dilatado en el que habrá al final un reinado Mesiánico terrenal de mil años por parte de Jesús sobre Sus seguidores.  Habrá un trono en la Ciudad de David, Jerusalén, dirigiendo un gobierno político exactamente como funcionan los monarcas hoy día.

Estos defensores de un reino terrenal hacen mal uso de los claros pasajes Bíblicos acerca de la naturaleza del reino de Jesús, su lugar y la cualidad de Su gobierno.  Varios cientos de años antes del evento, Isaías profetizó cuando empezaría el reino de Jesús.

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; Y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.  Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Isa. 9:6-7).

Daniel también profetizó de diversas cualidades del reino:  “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.  Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (7:13-14).

Isaías y Daniel identifican la persona y lugar del reinado, el hecho de la recepción por parte de Cristo del dominio, gloria y el reino, la mira y extensión de Su gobierno como incluyendo a todas las naciones y pueblos y el carácter eterno del gobierno – que sería indestructible y no sujeto a transmisión de dominio.

Que los santos del primer siglo estaban en el reino es reafirmado por Hebreos 12:26-28 – “... Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia”.

Los súbditos del reino hoy día son la iglesia del Nuevo Testamento.  Este reino está siempre cerca; no hay tiempo cuando su principio (o extensión) no sea manifiesto.  Absolutamente no hay señales precediéndolo; Jesús llamó a los hombres a apartarse de las especulaciones ociosas acerca de cualquier cosa que señale la llegada del reino (Mat. 12:38-39; 16:1-4); más bien, deberíamos obrar siempre como personas preparadas para la vida en el reino (Mat. 24:1-13; Luc. 12:35-46).

Una concepción correcta del reino, del reino de Dios, es necesario entender lo dificil de los pasajes del Nuevo Testamento altamente figurativos, especialmente aquellos envolviendo profecía.  La Biblia a menudo es malinterpretada a causa de la incapacidad para reconocer las figuras de lenguaje comunes.  Otra falla en la interpretación es el fracaso en usar el Antiguo Testamento como precedente para ayudar en la interpretación de los pasajes difíciles del Nuevo Testamento.  Los premilenarios fallan en ambos puntos.

Ciertamente, el premilenarismo es “otro evangelio” y por tanto, todos los que lo abracen están bajo maldición (Gál. 1:6-9).  En sus conceptos equivocados acerca del reinado de Jesús y la naturaleza del reino, el premilenario para sustentar su doctrina da especiales prejuicios a pasajes tras pasajes:  Mateo 24, Marcos 13, Lucas 13,17,21 , y muchos otros pasajes más pequeños a través de los evangelios.

El premilenario insiste que el capítulo 24 de Mateo es el punto focal de todas las profecías Bíblicas y que habla de la venida de Jesús y del establecimiento de Su reino terrenal.  Estos teoristas contemplan una catástrofe mundial envolviendo los cuerpos celestiales en convulsión, ángeles, relámpagos, nubes, trompetas, las nubes, etc. (vs.29-32).  Precediendo a esto, cada uno debe velar por las “señales de los tiempos” – los falsos maestros, las guerras, hambres, terremotos, y la penetración mundial del evangelio –después de lo cual seguiría la gran tribulación.

Tal interpretación trae dificultades grandes e insuperables.  Primero que todo ignora el acoplamiento de las dos secciones del discurso de Jesús, las señales de la inminente destrucción descrita a través del v.28 y las señales celestiales después de eso.  Mateo 24:29 dice que seguiría “inmediatamente” – muy pronto.

El tiempo de todos estos eventos no es dado hasta el versículo 34 – “... no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca”.  La posición premilenaria también deja sin explicación numerosos pasajes encontrados a través de los evangelios y declaraciones por parte de los apóstoles que declaran una venida judicial del Cristo para el cierre de la dispensación Judía en el 70 D.C.  Varias docenas de estos pasajes son estudiados en este libro.

Claramente, Jesús se estaba dirigiendo a una “generación adúltera y pecadora”, la cual viviría para ver el fin de su nación (Mat. 24:34; Mr. 9:1).  Esta generación del pueblo del  pacto era infiel porque habían cometido toda clase de pecados bajo el contrato del Antiguo Pacto.  Habían abandonado a Jehová como guía y se habían olvidado de sus acuerdos con El.

Todos los escritores del Nuevo Testamento estaban impregnados en las tradiciones del Judaísmo Palestino, escribiendo en la misma sombra de la destrucción de su Ciudad.  La mayoría de sus lectores habían testificado la larga agonía de los cinco años de las Guerras Judías del 66-70 D.C.  La suerte de Jerusalén da gran colorido a los evangelios sinópticos.

Tales pasajes como Mateo 24 deben ser entendidos solamente en su fondo histórico.  Ambos, los autores y los lectores estaban familiarizados con el estilo y contenido del Antiguo Testamento también como los escritos apócrifos publicados en los 400 años entre los Testamentos.  Todo comúnmente compartido en la riqueza de los idiomas, expresiones retóricas, símiles y metáforas, y otras clases de simbolismo que Dios había inspirado.

Por tanto, las figuras de lenguaje de Mateo 24 encuentran numerosas contrapartes en la profecía del Antiguo Testamento.  Aquellos profetas ordinariamente describieron la intervención divina en los asuntos nacionales como Dios viniendo en las nubes del cielo con sus ángeles, anunciado por conmociones en los cuerpos celestiales.  Daniel habla del Hijo del Hombre “viniendo” para establecer un reino universal y la remoción de su principal obstáculo para la perfección, la nación Judía.  El reino de Cristo en el 70 D.C. reemplazaría para todo tiempo al reino del Israel de Dios.

El anuncio inicial del reino en la predicación corriente fue alrededor del 28 D.C., en el desierto de Judea.  En aquellos días Juan el Bautista salió predicando libremente.  “Arrepentíos, porque el reino de los cielos (el reino de Dios) se ha acercado” (Mat. 3:2).  Jesús también proclamó la misma cosa (Mat. 4:17).  Otros estaban esperando el reino de Dios (Luc. 23:51); esto es lo mismo como esperar la consolación de Israel (Luc. 2:25).

Durante Su ministerio Jesús advirtió continuamente a la nación privilegiada de la destrucción física que les caería si rehusaban entrar al nuevo reinado bajo el Hijo de David, Jesús mismo.  Como Rey ideal, Jesús cumple la concepción del Antiguo Testamento del Juez que ha de venir como “... el soberano de los reyes de la tierra ...” (Ap. 1:5), quebrantando a las naciones con vara de hierro (Sal. 110:5-6; 2:8-9).

Todos los escritores de los evangelios enfatizan esta concepción de Jesucristo como Juez.  El Hijo del Hombre vendría en las nubes del cielo (Mat. 26:64) para ejecutar juicio sobre las naciones (Mat. 16:27).  Esta parousia estaría precedida por señales definidas, como las dichas en Mateo 24, todas las cuales serían dentro de Su generación (v.34).  Ese reino que tuvo su comienzo en Pentecostés sería probado por casi cuarenta años por los Judíos llenos de odio y finalmente emergería victorioso después de la destrucción de Jerusalén en el 70 D.C. a causa de la parousia de Cristo.

Desafortunadamente, los Judíos no vieron nada en la persona de Jesús que correspondiera a sus nociones pomposas que se habían formado del Cristo.  Al fallar en percibir a Jesús como el Santo, la nación dejaría de existir.  La destrucción total de Jerusalén y su glorioso templo en el 70 D.C. proclamó a todos que ningún Cristo podía ser esperado excepto Aquel que vino en juicio.

La caída de Jerusalén fue el nacimiento angustioso de un nuevo orden, una vertiente en la relación de Dios con el hombre.  El Judaísmo fanático, el gran obstáculo para el establecimiento y expansión total del reino de Dios, fue quitado del camino.  Jesús demostró Su  gloria majestuosa y real en la caída de la nación a medida que ejercía la autoridad y poder divino al venir contra Jerusalén usando el ejército Romano como el instrumento de Su ira.

La parousia, la presencia del Hijo del Hombre en el 70 D.C., es por tanto, un suceso muy significante de la venida del reino. Este es un Día del Señor, un tiempo de juicio que fue precedido por la tribulación y la apostasía,  Durante 66-70 D.C. Jerusalén estuvo atrapada entre la inanición y destrucción militar.  Al final de este tiempo de desasosiego y agitación (eso es, inmediatamente, Mat. 24:29) los poderes políticos Judíos serían conmovidos.  Las tribus de la tierra harían lamentación y aparecería la señal del Hijo del Hombre en el cielo político a medida que venía en las nubes de juicio con poder y gran gloria (Mat. 24:30-33).

Y de esta manera al entender mal el significado de estas figuras Hebreas comunes tales como las nubes, los cielos, el Día del Señor, la venida (parousia), las trompetas, los vientos, el mar, la roca, la vid, etc., es fallar en entender la intención de los escritores de los evangelios con respecto al reino:  su naturaleza espiritual y el hecho de que Jesús es actualmente Rey de reyes gobernando sobre los corazones de Sus súbditos, la iglesia de Jesucristo del Nuevo Testamento.

Un abuso de estos símbolos ha llevado a falsas conclusiones acerca de la naturaleza del reinado de Cristo, resultando en premilenarismo.  Sin considerar lo anterior, estos teoristas asignan muchas profecías al tiempo de la “segunda venida” de Cristo.  El resto de este estudio revisará varias docenas de los pasajes proféticos del Antiguo y Nuevo Testamento que ya han sido cumplidos en los últimos días del reino Judío, en aquellos años de las Guerras Judías 66-70 D.C., culminando en la destrucción de Jerusalén.

 

 

 

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