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Introducción:
I. Hechos de Apóstoles es un libro que mucho se ha desatendido.
Así fue en los días de Crisóstomo que vivió en el siglo quinto y dice:
"Hay muchos que ni siquiera saben que existe, ni el nombre del autor".
Así es hoy; miles van a otros libros de la Biblia buscando la enseñanza que
es distintiva de éste. La razón está en el hecho de que, ya para el tiempo
de Crisóstomo, la iglesia se había apartado de esa enseñanza distintiva, y
no ha regresado a ella hasta la fecha. Dolorosa conciencia de ello fue lo
que al que esto escribe lo hizo emprender hace más de treinta años la
elaboración de un comentario popular del libro, y aunque ya para ahora se le
da algo más de atención, se necesita aún en este siglo darle lugar aún más
prominente. La nueva atención que se le ha dado en esta generación se debe
principalmente a los ataques que los racionalistas hacen a su veracidad, y
quizá sea el mejor medio de la Providencia de llamar a los hombres a una
comprensión más clara de sus enseñanzas, y a la fiel observancia de las
mismas, cosa que caracterizó a la iglesia primitiva.
II. Titulo. "Los Hechos de los Apóstoles" nos lleva a error: hace
que el lector novicio suponga que trata de todos, o casi todos, los hechos
de todos los apóstoles; cuando lo que pasa es que sólo unos cuantos hechos
menciona de algunos de ellos, y calla casi todos los hechos de la mayoría.
Si omitimos los dos artículos definidos se convierte en "Hechos de
Apóstoles", que corresponde al contenido del libro, el que presenta
ciertos hechos de algunos apóstoles, sin mencionar el número de ellos ni de
apóstoles. Exactamente ese título lleva en uno de los dos más antiguos
manuscritos, el Código B, mientras el otro, el Sinaítico, lo estila
sencillamente "Hechos". Sin duda el título le fue dado después que salió de
las manos del autor, pues los que escribían libros en aquella edad no
acostumbraban darles títulos, aunque sería difícil inventar titulo mejor.
III. El Autor. Nos viene este libro sin expresión de quién lo
escribiera, pero en la primera frase lo vemos dirigido a cierto Teófilo, y
pretende ser de la pluma de quien ya habla producido un tratado previo
referente a la biografía de Jesús, dirigido al mismo Teófilo. Ese tratado
previo es el evangelio tercero, que se acredita a Lucas. Tal demanda de ser
el mismo autor para ambos se confirma en la uniformidad de estilo que
prevalece en los dos libros. No menos de cincuenta palabras son de uso común
en ambos, lo que no pasa con ningún otro del Nuevo Testamento. Así, toda la
evidencia que concurre a probar que Lucas escribió el tercer evangelio,
tiene fuerza igual en prueba de que escribió los dos. Si los incrédulos en
general niegan cualquiera, todos admiten que los dos fueron escritos por la
misma persona.
Al progresar en su lectura, nos fijamos en el uso del pronombre
"nosotros, nos" en grandes secciones del relato, que son aserto de haber
el autor acompañado a Pablo en el transcurso de gran parte de su ministerio
(Véase
Capítulo 16:11
y cortos intervalos hasta el final del relato.), y de haber estado con él en su primer prisión de
Roma (Capítulo 28:16). Tales indicios son exclusivamente del que Pablo llama
"Lucas, el médico amado" ( Colosenses 4:10-14;
Filemón
1:23,24), distinguién-dolo entre todos otros acompañantes habituales
suyos en aquella prisión en la que escribió las dos epístolas citadas. Así,
en el relato de los que acompañaban a Pablo en su último viaje a Jerusalén
(Capítulo 20:4-6), se distingue del resto, pues Sopater, Aristarco, Segundo,
Gayo, Timoteo, Tíquico y Trófimo fueron delante a Troas, y allí "nos
esperaron", dice el autor de sí y de Pablo. Como el que escribe el libro
no estaba entre aquéllos, y cierto acompañó a Pablo en esta visita a
Jerusalén, y de allí hasta Roma, podemos identificarlo con no otro que
Lucas. Cierto, otros se hallaban con Pablo además de Lucas, cuando escribía
las dos epístolas mencionadas, pero ninguno de ellos viajó con Pablo como el
autor.
La evidencia interna de quién compone un documento escrito tiene en su
favor una presunción, así como la que favorece una escritura o testamento
que se halla en forma apropiada: ante la ley y la razón es válida mientras
no la suplante evidencia más fuerte de origen externo. Para poder descartar
la evidencia de que Lucas es el autor de Hechos, precisa dar con algún autor
competente como testigo, que lo contradiga. No solo eso, sino que, habiendo
de seguro sido escrito por alguien el libro, la cuestión de quién lo haya
escrito oscila entre Lucas y algún otro autor. Así, un testimonio adverso
tiene la obligación de presentar nombre de otro autor para que sea
conclusivo. Pero ni aún se pretende que exista tal evidencia. No solo no se
acredita por nombre a autor conocido alguno, sino que ni se pretende que
haya evidencia externa de ninguna clase de que Lucas no fue quien lo
escribió. AI contrario, los dos más antiguos escritores cuyas obras se
conservan, mencionan este libro por nombre y declaran que Lucas fue su
autor. Uno de ellos fue Ireneo, nacido en Esmirna en la primera
mitad del siglo segundo, hecho anciano de la iglesia en Lyons, Francia, el
año 170, y fallecido al terminar ese siglo. En su niñez conoció a
Policarpo, que estaba familiarizado con varios de los apóstoles, y por
lo tanto no era fácil que se equivocara en este asunto (Contra Herejías,
3:14,1). El otro es el autor del Canon Muratorio, escrito por el
mismo tiempo, en el que se hace la misma declaración, textualmente: "Los
hechos de todos los apóstoles están en un libro. Lucas refiere a Teófilo
sucesos en los que fue testigo ocular". Aunque esto sea inexacto, es sin
embargo explícito en cuanto al autor. Ningún sabio dudaría de una evidencia
tal referente al autor de casi cualquier libro secular de la antigüedad.
Siendo tales las evidencias interna y externa más antiguas del origen de
este libro, como podríamos esperarlo, hallamos huellas de su existencia a
través de todo el período que interviene entre el tiempo de su composición y
los días de los autores que citamos. Retrocedemos de la fecha de éstos y
“Hechos” se halla en dos traducciones del Nuevo Testamento hechos por el
año 150, una de ellas al latín y la otra al siriaco. Aquélla, la Latina,
circuló en la provincia romana de África; ésta, el Peshito Siriaco, por
Siria al norte de Palestina. El que el libro haya sido traducido muestra que
previamente existió en griego por suficiente lapso de tiempo para creérsele
de fuente inspirada, y esto en días en que los viejos de las iglesias se
acordaban de allá en los días de los apóstoles. Hallamos también a
Policarpo, que mencionamos como contemporáneo de los apóstoles, citando
“Hechos”. Tal cadena de evidencia es demasiado fuerte para romperse. En el
pasado ha soportado la violencia de ataques de los descreídos, y sin duda
los soportará por todo el futuro.
IV. Fuentes de Información. Si el uso de la primera persona en las
partes en que ocurre prueba que el autor se hallaba presente en las escenas
que con ello se describen, tal hecho no quiere decir que sólo en ellas
estaba presente. Pueda haber hablado en tercera persona de los que
acompañaban, a pesar de estar presente. Cuando lo estaba, su propia
observación personal, por supuesto, era su fuente de información, con lo que
esto abarca no solo los pasajes en que dice "nosotros", sino otros
más, probablemente. Para casi todo el resto, inclusive el discurso y
martirio de Esteban, Pablo fue quien le informó, y respecto a los sucesos en
que Pablo no tuvo participio, Lucas tuvo la oportunidad de conversar con los
que tomaron parte -como, por ejemplo, Felipe en sus labores en Samaria,
Pedro y Jacobo, el hermano del Señor, en todo lo que participaron. El hecho
de que ciertos hebraísmos ocurran en los primeros capítulos ha llevado a
algunos sabios a suponer que utilizó hasta cierto punto documentos ya
escritos, lo que no es improbable. Tampoco debemos olvidar que es casi
cierto que haya gozado del don milagroso del Espíritu Santo por la
imposición de manos apostólicas, y esto también debe haberle guiado en la
selección, guardándolo de aceptar informes no seguros, sin quitar la
necesidad de investigar cuidadosamente.
V. Su credibilidad. La cuestión de lo creíble del libro se
divide en dos, según el asunto, a saber: (1) lo creíble de los hechos, y (2)
lo creíble de los discursos que se informan. Lo primero descansa sobre tres
bases sustanciales. En primer lugar, el libro se produjo por un escritor que
poseía el primer grado de credibilidad que los cánones de la crítica
histórica otorgan; esto es, fue contemporáneo a los sucesos que narra, y que
en cuanto no fue testigo ocular de ellos, se informó de los que lo fueron.
Escritor tal, si no está sujeto a tela de juicio, posee el más alto grado de
credibilidad que se conoce en la historia secular. En segundo lugar, los
sucesos que anota corresponden en muchos detalles con declaraciones de
otros escritores competentes de la época en que vivió, y que profesaban
credos, y aun eran de nacionalidades, hostiles a los de él. Esto da fuerza
enorme a la evidencia que se basa en lo de lo primero que se menciona. En
tercer lugar, contiene el libro muchos puntos de convenio incidental con las
epístolas que se reconocen de Pablo, lo que no se puede explicar sino
suponiendo que Pablo y él hacen relato verídico de tales sucesos. Para una
exhibición elaborada de especificaciones bajo los dos primeros títulos, se
refiere al lector a "Horae Paulinae" de Paley, gran obra maestra sobre el
tema, y a "Evidencias del Cristianismo", Parte Tercera, del que esto
escribe, en donde se presentan puntos de evidencia que Paley omite. El
terreno principal en que la credibilidad de Hechos se pone en duda es, sin
sombra de cuestión, el hecho de que contiene tantos relatos de milagros;
pero tal objeción es solo de los racionalistas, que rechazan todo relato de
éstos, dondequiera que se halle, sin juzgarlo siquiera digno de
investigarse. En el progreso de los comentarios se tomará nota de todas
estas objeciones especiales basadas en pasajes particulares del libro.
En cuanto a las alocuciones de Hechos, se ha alegado
que, no habiendo método de taquigrafía, era imposible conservar las que
se pronunciaban, y se ha acusado que ciertos rasgos característicos del
estilo de escribir de Lucas que contienen, prueban que él las compuso y
las puso en boca de los supuestos oradores. Pero a estas dos objeciones
se oponen consideraciones: a la primera, de que estos discursos
es obvio que son epítomes de los originales, grandemente
abreviados tales como podrían recordarse e informarse por
el orador o aún los oyentes. En cuanto a los rasgos del
estilo peculiar que se explican en parte por el hecho de que tomaba todo
abreviado, y en parte porque algunos discursos al menos se hablaron en
arameo y Lucas los tradujo, lo que les dio el sello de su estilo.
Además, los sabios que se han tomado la molestia de investigar la
fraseología de estos discursos han demostrado claramente, comparándolos
con las epístolas de los oradores, que el habla de cada uno que dejó
epístolas contiene algunos rasgos de su propio estilo en éstas. En
realidad pues, los discursos tienen precisamente los rasgos
característicos que esperarían hallar al originarse y venirnos como la
narración nos hace suponer de ellos.
VI. Sus divisiones. Como todos los escritores
primitivos, Lucas prosigue su narración de principio a fin sin marcas ni
notas que indiquen las divisiones de su asunto, pero si nada llega a la
vista que muestre divisiones, las hay y son inequívocas. Nadie puede
leer el libro sin notar dos grandes divisiones, la primera de las cuales
se puede tomar como historia general de la iglesia hasta la muerte de
Herodes (Capítulo
12:23-25); la segunda se extiende desde allí hasta el final del
libro y se ve que es relato de las labores de Pablo apóstol. Por esto,
muchos escritores tratan del libro como si se dividiera solo en dos
partes. Pero cada una contiene subdivisiones que bastante se distinguen
una de otra, y que se extienden suficientes para llamarlas también
partes. Por ejemplo, la carrera de Pablo se divide en el relato de sus
jiras de predicación entre los gentiles, desde que fue apartado para
esta obra (Capítulo
13:1-3), hasta su visita final a Jerusalén al terminar la tercera
jira, (Capítulo
21:16); y la cuenta que da de sus cinco años de prisión, lo que
ocupa el resto del libro. También la historia general se divide en dos
partes muy distintas, la primera que termina en
Capítulo 8:4 y trata exclusivamente de la iglesia en Jerusalén, y el
resto desde Capítulo 8:5 al 12:25, de la difusión del evangelio en
Judea, Samaria y comarcas alrededor. Yo prefiero, pues, una
distribución en cuatro partes, siguiendo estas cuatro divisiones hechas
por el autor.
Cada una de estas partes va subdividida en
secciones, donde trata cada una de un tópico especial bajo encabezado
general. Estas deberían distinguirse por los capítulos impresos en
nuestro Nuevo Testamento, y así sería si la división en capítulos se
hubiese hecho siguiendo principios científicos, pero arbitraria como es,
frecuentemente corta el capítulo las secciones naturales, con lo que nos
lleva a confusión. Yo he distribuido el texto en sus secciones
naturales, empleando la división de capítulos solo para referencia
conveniente. Y para exhibir aún con mayor claridad a la vista del lector
las divisiones del autor en su asunto, he separado el texto en párrafos,
poniendo a cada uno su rubro apropiado. Tales divisiones con sus títulos
y subtítulos, son en realidad partes del comentario, ya que ayudan al
lector a ver claro el plan del autor, y un estudio cuidadoso de los
mismos en conexión con las observaciones hechas sobre los detalles da la
narración capacita al lector para formarse mucho más alta idea de la
habilidad literaria del autor que de otra manera.
VII. Su plan. Entre los sabios que creen y
los racionalistas hay diferencia radical en cuanto al objeto principal
para el que fue escrito el libro de Hechos. Es común entre todos los que
siguen la escuela de Tübingen asumir que Pedro era el líder de todos los
judaizantes que estuvieron en antagonismo continuo contra Pablo, y que
los demás apóstoles sentían plena simpatía para Pedro, y que tal
antagonismo jamás se abatió en vida de los apóstoles; que “Hechos” se
escribió como a fines del primer siglo, o poco más tarde, con propósito
deliberado de que pareciese que tal antagonismo jamás había existido.
Dice uno, Baur: "Nos vemos obligados así a pensar que el objeto
inmediato para el que Hechos se escribió fue trazar un paralelo entre
los dos apóstoles, en el que Pedro apareciera con carácter paulino, y
Pablo con carácter petrino. Hasta en lo que se refiere a las proezas y
fortunas de los dos hallamos un convenio notable. No hay milagro de
ninguna clase que se atribuya a Pedro en la primera parte de la obra que
no tenga su correspondencia en la segunda. Y es aún más notable observar
cómo en la doctrina de sus alocuciones, en sus modos de acción como
apóstoles, no sólo van de acuerdo entre si, sino que parecen cambiar de
papeles". Tal opinión del propósito del autor hace que el libro
falte por completo a la verdad, refutación suficiente a lo cual
se halla en lo que más antes dijimos en cuanto a su autor y su
credibilidad. Añadiremos que el paralelo entre Pablo y Pedro, que de
hecho existe, no es sostén de esa teoría, porque plenamente se explica
si se supone la veracidad del relato entero. Si Pedro y Pablo tuvieron
el poder de sanar enfermos, deben haber sanados los males que se
hallaban entre el pueblo, por lo que deben haber sanado la misma clase
de males. Si predicaban el mismo evangelio, deben haber expresado muchas
de las mismas ideas, especialmente si predicaban, como lo han de haber
hecho, a personas numerosas que se hallaban en el mismo estado mental y
necesitaban la misma instrucción. Si eran perseguidos, deben haber
padecido iguales aflicciones que sobrevienen comúnmente a los
perseguidos, y si eran guiados por el mismo Espíritu, deben haber
convenido uno con el otro. Así es que ambas cosas, la teoría de estos
señores, así como el razonamiento con que la quieren sostener, son
falsos y frutos de la fantasía.
Los que creen, empero, si por necesidad rechazan la
teoría expuesta, difieren mucho entre si en cuanto al designio principal
del escritor. Son casi tan numerosas las opiniones sobre este punto como
los comentadores. No nos meteremos a mencionarlas; basta decir que casi
todas ellas adolecen del error de no distinguir entre lo que el autor ha
hecho y el objeto con que lo hizo. Lo que ha hecho es escribir un
brevísimo relato del origen y progreso de la iglesia en Jerusalén hasta
ser dispersa por persecución que comenzó con Esteban; de los hombres y
métodos que se usaron para iniciar iglesias en regiones circunvecinas,
inclusive el bautismo para los gentiles; de las jiras de predicación de
Pablo en las regiones de Asia Menor, Macedonia y Grecia, sin dejar a un
lado el origen de la controversia acerca de las relaciones de
convertidos gentiles con la ley de Moisés, y su arreglo parcial; y
finalmente de la prisión de Pablo que comenzó en Jerusalén y se terminó
en Roma. Tal es lo que ha hecho, pero el propósito suyo al hacerlo se
logra conocer mediante la inspección del tópico que introduce en
diversas partes de su narración. Sin duda, como otros historiadores,
tenía más de un propósito al frente, uno sin embargo principal y los
otros subordinados, y los habremos de distinguir por la suma relativa de
atención que a cada cual da. Será objeto principal aquél a que consagre
mayor espacio, y al que las declaraciones sobre otros temas se
subordinen relativamente. Pues bien, sin comparación la mayor parte de
libro consiste en relatos detallados de conversiones a Cristo, y aún de
tentativas a lograrlas. Si extrajésemos del libro todo relato de esta
clase junto con los hechos e incidentes que las preparaban y les seguían
como consecuencia, habremos borrado casi enteramente el contenido del
libro. El primer capítulo nos muestra el modo en que los apóstoles se
prepararon para la obra de convertir gentes; el segundo nos refiere la
conversión de tres mil; el tercero la conversión de otros muchos,
seguido del arresto y juicio de Pedro y Juan a consecuencia de estas
conversiones; las persecuciones de los cuatro capítulos siguientes
brotaron de la oposición a tales conversiones; los capítulos 8, 9 y 10
se consagran a la conversión de los samaritanos, del eunuco, de Saulo de
Tarso y de Cornelio; el 11, principalmente a la fundación de la iglesia
de Antioquía mediante el bautismo de judíos y gentiles allí; en el 12 se
ve un episodio de la benevolencia de los convertidos y la persecución de
nuevo en Jerusalén; los 13 y 14 dan sermones del viaje con Bernabé y sus
conversiones; el 15 describe la controversia que se originó de las
conversiones en la primera jira de Pablo; el 16 da principalmente
incidentes que conducen a la conversión de Lidia y del carcelero de
Filipos, y con la misma se enlazan; el 17 habla de conversiones en
Tesalónica y Berea, seguidas del esfuerzo infructuoso en Atenas para el
mismo fin; el 18 de las conversiones en Corinto, donde se empleó año y
medio; el 19, de muchas conversiones en Éfeso y la persecución que se
siguió; del 20 en adelante, del último viaje de Pablo a Jerusalén,
seguido de su aprensión y tentativas inútiles para convertir al
populacho en esa ciudad, a Félix, Festo y Agripa, y por fin su viaje a
Roma donde hace el esfuerzo vano de convertir a los judíos incrédulos de
esta otra. No hay duda pues de que el plan que el escritor llevaba fue
presentar a sus lectores multitud de casos de conversión bajo las
labores de apóstoles y hombres apostólicos, para que sepamos cómo esta
obra, la principal por la que Jesús murió y a la que comisionó a sus
apóstoles, fue debidamente cumplida. Los casos que se relatan allí
representan todos los diversos grados de la sociedad humana, desde
aldeanos idólatras hasta sacerdotes, procónsules y reyes. Abarcan todos
los grados de cultura intelectual y religiosa; todas las ocupaciones
comunes de la vida; todos los países y lenguas del mundo conocido
entonces; lo que demuestra la adaptación del nuevo sistema de vida y
salvación para todos los habitantes del orbe.
La historia de un caso de conversión comprende dos
clases distintas de “Hechos”: primero, las agencias e instrumentalidades
que se emplean para efectuarla; segundo, los cambios que se operan en el
sujeto. En prosecución del objeto principal, pues, el autor fue guiado a
designar específicamente todas esas agencias, instrumentalidades y
cambios. Así lo hace, a fin de que sus lectores puedan saber qué agentes
emplear y la manera en que han de obrar, qué instrumentos han de usar y
cómo se aplican y qué cambios ocurrirán en una conversión bíblica. Se
puede enseñar a los hombres con mayor éxito y moverlos con más facilidad
mediante el ejemplo que con el precepto, de acuerdo con tal conocida
característica de nuestra naturaleza, muchos maestros de religión, en
sus esfuerzos por convertir pecadores, se atienen más a
"experiencias" bien referidas que a la predicación directa de la
Palabra. El Señor se anticipó a tal método al darnos el libro de
“Hechos”. Los casos que allí se registran tienen, sobre todo lo que
ocurre, esta superioridad: que fueron casos seleccionados por la
sabiduría infalible entre los millares que ocurrieron, por razón de
merecer de un modo peculiar tener lugar en el relato inspirado. Así,
si las conversiones modernas concuerdan con éstas, deben ser correctas;
si no, deben ser incorrectas en el mismo grado.
El que se propone
guiar a otros por la vía de salvación está obligado a guiarlos por estos
modelos, y el que se supone convertido genuino a Cristo, pruebe su
experiencia comparándola con la de éstos.
Si se preguntase por qué no podríamos igualmente
tomar por modelos las conversiones que tuvieron lugar en las antiguas
economías o bajo el ministerio personal de Jesús, se contestaría que
no vivimos bajo la ley de Moisés ni bajo ese ministerio de Jesús, sino
bajo el ministerio del Espíritu Santo. Puesto que Jesús, el Señor,
antes de ascender entregó todos los asuntos de su reino en manos de doce
hombres guiados por el Espíritu Santo, quien descendió poco después de
la ascensión de él, todo lo que podemos saber de las condiciones
actuales de perdón se ha de aprender de la enseñanza y del ejemplo de
estos hombres. Luego, si las condiciones de perdón bajo cualquier
economía precedente difieren en cualquier detalle de las que se asientan
y se ejemplifican en “Hechos”, en todo punto diferente estamos ligados a
esta economía y libres de la anterior. Estudiar el libro de “Hechos”
como conviene es estudiarlo con referencia suprema a este asunto; y es
por tal razón que en las páginas que siguen nunca debe perderse de vista
este tópico.
Cuando se ha desatendido este libro en el pasado,
como ya lo hemos apuntado, se ha desatendido más que todo en referencia
a esta su enseñanza más precisa. Por ignorar esto, millares de
evangelistas acostumbran referir los pecadores para instrucción sobre
el tema de la conversión al libro de los Salmos con mayor frecuencia que
al de “Hechos de Apóstoles”. La actual era de misiones intensas,
pues, nos exige entender mejor este libro único de toda la Biblia que va
consagrado a tema tan trascendentalmente importante.
El agente principal para que estas conversiones
ocurrieran, y el que dirigió todas las labores de los apóstoles, fue el
Espíritu Santo; y sin duda, si no es propósito coordinado del amor, lo
es secundario el mostrar cómo este poder divino se ejerció para que se
cumpliese la tan reiterada promesa del Señor. Tiene el libro su punto de
partida en la comisión dada a los apóstoles (Capítulo
1:2); pero éstos recibieron instrucciones de no empezar su obra
señalada sino hasta que el Espíritu Santo viniera sobre ellos (Capítulo
1:4); y así es cómo el cuerpo principal del libro comienza con el
relato del descenso del Espíritu Santo, era preciso seleccionar las
labores de apóstoles y evangelistas como dirigidas constantemente por el
Espíritu que en ellos habitaba. Nuestro Señor dijo a sus discípulos
antes de partir: "Os es necesario que Yo vaya; porque si Yo no fuere,
el Consolador no vendría a vosotros; mas si Yo fuere, os Le enviaré"
(Juan
16:7). "Aun tengo muchas
cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar. Pero cuando viniere
aquel Espíritu de verdad, El os guiará a toda verdad" (Juan
16:12,13).
El relato de la partida del primer Guía célico se halla en la
introducción a “Hechos” (Capítulo
1:9-11), y el cuerpo del libro nos presenta la obra prometida del
segundo. Luego, si con propiedad podemos denominar “Evangelio de Cristo”
a los cuatro evangelistas, hay igual propiedad, como alguien sugiere, en
llamar a “Hechos” el “Evangelio del Espíritu Santo”.
Al cumplir con el propósito principal referente a
las conversiones y a la guía del Espíritu Santo, era preciso que Lucas
seleccionara de entre la multitud de sucesos que tuvieron lugar en los
treinta años que abarca su narración, y el plan según el cual hizo estas
selecciones trae a la vista otro de sus propósitos subordinados.
Evidentemente, fue plan suyo presentar los trabajos de Pablo con mayor
plenitud que los de cualquiera otro; quizá, además de servir tan
perfectamente a su propósito, también es que estaba mejor familiarizado
con ellos. Pero si solo éstos hubiera informado, los habría presentado
sin la conexión histórica del pasado, y en consecuencia se vio
constreñido a comenzar con sucesos que precedieron al ministerio de
Pablo y prepararon vía para esto. Como Pedro fue el líder en los sucesos
precedentes, fue natural que lo hiciera figurar con más prominencia en
esa parte del relato; y como había muchos judaizantes al tiempo de ser
compuesto el libro, gente que se ocupaba en propalar la especie de que
la enseñanza de Pablo era contraria a la de Pedro en algunos puntos, fue
expediente sabio refutar tan falsa y dañina especie escogiendo actos y
palabras de uno y otro que probaran su perfecto acuerdo. Esto explica
además esa fase de la narración que se mencionó ya y que han cogido los
racionalistas como base para negar la credibilidad del libro.
Al inquirir en el carácter especial de las
selecciones relacionadas con la obra de Pedro, descubrimos otro
propósito subordinado, el de exhibir en breve los descalabros de la
madre iglesia en Jerusalén, y después las agencias secundarias por las
que el evangelio fue llevado a pueblos contiguos a la Palestina. Al
mismo tiempo, tanto con esta parte como con la en que Pablo es la figura
principal, el escritor logra otro propósito importante: el de mostrar el
método apostólico para organizar congregaciones individuales de
creyentes. Se podrían indicar otros propósitos subordinados más, si
estuviéramos dispuestos a agotar ese tópico; pero basta con éstos para
mostrar que el plan del autor llevó sistema, fue bien estudiado y llegó
lejos. En la Biblia no hay libro que dé pruebas más finas de proyecto
más completo en su método y en su material con referencia a los
objetivos que llevaba en mente su autor.
VIII. Su fecha. Todos los racionalistas de la
escuela de Tübingen fijan la fecha del libro de Hechos demasiado tarde
para que Lucas hubiera podido ser su autor. Para esto no tienen otra
razón que las demandas de su teoría referente al plan del autor, la que
ya expusimos (No. VII); pero como la teoría suya es incuestionablemente
falsa, las conclusiones que sobre ella basan no merecen consideración.
Otros escritores que son más conservadores, pero que hasta cierto grado
se hallan bajo influencia racionalista, no le dan fecha anterior al año
70. La razón que los obliga a fijar esta fecha tardía es que toman como
un hecho que Lucas escribió su evangelio después de la caída de
Jerusalén; y la base de esto es lo otro que asumen, que la
predicción de la destrucción de Jerusalén, que se cita de Jesús en
Lucas 21:21-25, se escribió después que pasó el suceso. Pero como
tales suposiciones no tienen peso ninguno para los que creen en la
realidad de las predicciones milagrosas, obramos en justicia al hacer a
un lado sin más alegato la conclusión que sobre tales suposiciones se
basan.
Los conservadores que escriben en general, guiados
por las indicaciones del libro mismo, van de acuerdo al asignar al libro
la fecha de la circunstancia final que en él se menciona. Tal
circunstancia es la prolongación de la prisión de Pablo en Roma "por
dos años enteros". El cerrarse la narración sin informar al lector
si fue puesto en libertad o se le dio muerte, se tiene como prueba
conclusiva de que ni uno ni lo otro sucedió antes de escribirse la
última palabra del libro. Esa prueba adquiere gran fuerza si se la
considera en conexión con el curso del relato en los cuatro capítulos
últimos. En el Capítulo 25 el autor informa de la apelación de Pablo al
César, que fue lo que suspendió su juicio ante Festo y originó todo lo
que se siguió. A consecuencia de esta apelación Festo, perplejo por el
informe que con el prisionero habría de mandar al emperador, puso el
caso a la consideración de Agripa y trajo también ante el joven rey a
Pablo (Capítulo
25:12,
26, 27). Se le envió al viaje que se describe en el Capítulo 27 para
cumplir la ley referente al derecho de apelación; recibió aliento cuando
la tormenta les quitaba toda esperanza de vida, con el mensaje divino,
"Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César"
(Capítulo
27:24); su apelación a César fue el tópico de la primera plática que
tuvo con los judíos de la ciudad de Roma (Capítulo
28:17-29), y fue guardado preso dos años en espera del resultado de
su juicio. Bien, si su juicio ante César se hubiera verificado antes que
el libro se completara, sea que hubiera resultado libre o convicto,
¿cómo explicar que el libro se cerrara sin decir una palabra sobre ello?
Tal cosa hubiera sido, no una simple omisión como muchas otras que
sabernos se hicieron en el curso de la narración -omisión de asuntos
cuya mención no se requiere para el contexto histórico- sino omisión del
hecho culminante a donde nos llevaba toda la serie de sucesos que antes
se mencionan, y acerca del que el escritor deliberadamente despertó la
curiosidad del lector. Sería como un drama en que se excita el más
profundo interés en el desenlace del drama, pero que cierra en el punto
en que tal desenlace es lo que sigue y la escena final a presenciar. 0
más al punto aún, como la relación de un notable juicio, diciendo del
arresto del prisionero, su trasporte de país distante al sitio del
juicio, los incidentes de su largo encierro hasta llegar al mero día del
juicio, y luego cerrar sin decir palabra del juicio mismo. Tal
narración jamás se ha escrito, a no ser que se trate de algo ficticio
que termine con el mero propósito de atormentar a los que la lean. Jamás
se ha oído de tal final de una historia seria y verídica. Nuestra única
inferencia racional es, pues, que Lucas escribió la frase final del
libro al terminar los dos años enteros que él menciona y antes que Pablo
llegara a presentarse ante el emperador.
Se ha hecho la tentativa de romper la fuerza de este
razonamiento suponiendo que Lucas haya tenido intención de escribir otro
libro, y así como en el primero dejó incompleto lo de la ascensión de
Jesús, y luego lo completó en el principio de “Hechos”, así trataría de
hacerlo en el tercero contando del juicio de Pablo. Pero no hay el más
insignificante fundamento para suponer tal intención en Lucas. Es
invención para explicar un hecho que se explica sin ella. Además, tal
caso supuesto no establece paralelo, pues el evangelio de Lucas, sí,
menciona la ascensión, de lo que al siguiente libro da más amplia
cuenta; pero aquí no dice palabra de cómo resultó el juicio de Pablo,
aunque podía haberlo dicho en un renglón. Dispone de la muerte de Jacobo
apóstol con ocho palabras (Capítulo
12:2), y podía haber añadido otras tantas para decir que Pablo
estaba libre o sentenciado; y si pensaba escribir otro libro, reservarse
para un más explícito relato.
Propio es decir, antes de cerrar este tema, que
Ireneo, que escribió en la segunda mitad del siglo dos, dice que Lucas
escribió su evangelio después de la muerte de Pedro y Pablo apóstoles,
pero la evidencia interna que ya adujimos pesa más que tal evidencia
tradicional y llega aun a peso mayor si consideramos que, al ser cierta
tal suposición, no sólo omitió el autor lo del resultado de la apelación
de Pablo a César, sino que ni mencionó dos eventos directamente
relacionados con su historia, calamidades las más alarmantes y tristes
que sobrevinieron a la iglesia apostólica, la ejecución en Roma de estos
dos prominentes apóstoles.
IX. Su Cronología. Con excepción de ciertas
secciones en la Parte Segunda, cuando el autor comienza con la
dispersión de la iglesia en Jerusalén para seguir a los varios
predicadores que llevaban el evangelio a algún distrito, y luego vuelve
para seguir con otro desde el mismo punto, todo el material de “Hechos”
va en orden cronológico, aunque el autor no da en conexión notas de
tiempo de las que pudiéramos sacar el lapso que tomaron todos los
sucesos, ni el que ocupó parte alguna del libro que no sea la final. En
esta parte final, sí, es explícito en lo del tiempo, pues dice que Pablo
fue preso en Jerusalén en la fiesta de Pentecostés, que se le tuvo preso
dos años hasta llegar Festo, que al otoño siguiente fue enviado a Roma,
llegando a esa ciudad la siguiente primavera y así quedó preso en Roma
dos años más. Así esta porción de la historia ocupa casi cinco años
enteros, y hecho histórico establecido es que Festo fue enviado a Judea
el año 60; por lo que vemos que el arresto de Pablo en Pentecostés del
58 dos años antes, y su partida a Roma el otoño del 60; que llegó allí
la primavera del 61, y el relato termina con la primavera del 63. Como
durante esta prisión escribió las epístolas a Efesios, Colosenses,
Filemón y Filipenses, llevan fechas entre 61 y el 62.
Si tomamos el arresto de Pablo en Jerusalén
en Pentecostés del 58 y retrocedemos, podemos guiarnos por
los dichos de Lucas cierta distancia, y luego por los de Pablo. Ya en el
viaje que por fin lo llevó a Roma, pasó en Filipos los días de los
ácimos anteriores (Capítulo
20:6), y allí había llegado de Grecia donde estuvo tres meses (20:1-6).
Estos deben haber sido del invierno, pues el viaje a Filipos fue a
principios de la primavera. Con esto llegamos al invierno entre el 57 y
58; como escribió Romanos antes de la salida de Grecia (Romanos
15:25,26. Compare
Hechos 24:17), su fecha debe
haber sido a principios del 58. Gálatas lleva evidencia interna de
haberse escrito por el mismo tiempo.
Como Pablo fue a Grecia directamente de Macedonia,
en ésta debe haber pasado el otoño anterior, y a los Corintios dice de
su intención de quedarse en Éfeso hasta el Pentecostés, y pasar el
siguiente invierno en Corinto; así debe haber empleado el verano del 57
en Macedonia (1
Corintios 16:5-8), de donde
escribió la segunda a los Corintios (2
Corintios 1:12;
7:5), con esa fecha. Pero la primera fue fechada en Éfeso no mucho
antes de Pentecostés del mismo año (1
Corintios 16:8), que fue
cuando terminó sus labores en ese emporio. Allí estuvo dos años tres
meses (Capítulo
19:8-10), así comenzó ese trabajo a principios del 54. No tenemos
cifras de conexión más atrás, pero por conjetura retrocedemos poco con
buen grado de probabilidad. Puesto que Pablo en su último viaje a
Antioquía dio cita a Priscila y Aquila en Éfeso con objeto de tener su
ayuda al regresar (Capítulo
18:19-21), es casi seguro que haya pasado rápidamente por los
distritos entre Antioquía y Éfeso tomando mucho menos que un año. Esto
es que su tercera jira la comenzó el 53, habiendo dado fin a la segunda
como a mediados o en la primera mitad de ese mismo año. Pero al terminar
esa segunda jira se vino a Antioquía directamente de Corinto, un viaje
de unas dos semanas; y en Corinto se habla quedado dieciocho meses (Capítulo
18:11). Esto nos lleva a principios del 52 o fines del 51 con punto
de partida para sus labores en Corinto. En ese tiempo escribió las dos
cartas a los Tesalonicenses, lo que se averigua comparando lo que se
dice de la llegada de Timoteo y Silas allí en Capítulo 18:5 con
1 Te-salonicenses 3:3-6, que
muestra que Timoteo había sido enviado de regreso a Corinto cuando ya
estaba escrita la primera carta. La condición de la iglesia en
Tesalónica siguió lo mismo, y Silas se quedó con Pablo, pero no le
siguió al dejar éste a Corinto, lo que prueba que la segunda carta la
escribió poco después (2
Tesalonicenses 1-4). Si concedemos más o menos dos años para los
apóstoles llegar a Corinto, pondremos esto a principios del año 50; y
como esa jira la comenzó casi inmediatamente después de la conferencia
en Jerusalén sobre la circuncisión, esa fecha es probablemente correcta.
En este punto lo que nos ayuda es algunos de los
cálculos de Pablo. Dice a los Gálatas (Gálatas
1:13) que tres años después de su conversión se fue de Damasco a
Jerusalén, y que después de catorce años (Gálatas
2:1) volvió allí con Bernabé
a la conferencia. Si se ha de entender que estas dos temporadas fueran
seguidas haciendo diecisiete años desde su conversión hasta la
conferencia, ésta pudo haber sido el año 50, lo que echa la conversión
de Pablo al año 33, tres después de la fundación de la iglesia.
De todo esto podemos arreglar para conveniencia las
siguientes fechas, algunas de las cuales son dudosas por ser fruto de
cálculos aproximados:
1. Primer Pentecostés, fundación de la iglesia, año 30 de la Era
Cristiana.
2. Muerte de Esteban, dispersión de la iglesia hierosolimitana, y
conversión de Pablo, año 36.
3. Vuelta de Pablo a Jerusalén tras su conversión, año 39.
4. Obra de Felipe en Samaria y bautismo del eunuco, entre años
36-39.
5. Bautismo en la casa de Cornelio, año 41.
6. Fundación de la iglesia en Antioquía, año 42.
7. Primera obra de Pablo y Bernabé en Antioquía y Siria, año 43.
8. Viaje de los mismos a Jerusalén, muerte de Jacobo, prisión de
Pedro y muerte de Herodes, año 44.
9. Primera jira de Pablo entre los gentiles que tomó probable-mente
cuatro años. Estadía en Antioquía de Siria, 44 a 50.
10. Conferencia sobre la circuncisión, año 50.
11. Segunda gira de Pablo, con 18 meses en Corinto, de 50 a 53. Allí
escribió 1 y 2 Tesalonicenses.
12. Tercera gira, con dos años y tres meses en Éfeso, de 53 a 58.
Entonces escribió 1 y 2 Corintios, Gálatas y Romanos.
13. Misión que comienza en Jerusalén en el 58, prisión en Cesarea
hasta el 60, y con el viaje a Roma hasta el 63. Aquí escribió Efesios,
Colosenses, Filemón, Filipenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, y quizá también
Hebreos.
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